Su mensaje se halla contenido en un opúsculo denominado "PALABRA DE MANUEL". 1.¿Qué es la 'PALABRA DE MANUEL'? - Es un mensaje de 'Conciencia Cósmica' ("algo más de lo que estamos acostumbrados a ver, a oir a conocer, a creer", según Andreas Faber-Kaiser), fundamentada sobre el trípode de la Libertad, de la Justicia y del Amor. - No es logia, ni política, ni religión, ni grupo de ninguna clase; y "bajo la única jerarquía de la igualdad" a todos une y a nadie ata. 2. ¿Cuándo y cómo nace?- Nace el 16 de junio de 1979 por 'arrebato cósmico' que tuviera el Dr. Manuel González Ávila, quien encarna al Manuel del Mensaje. Éste es dado a Manuel en 'Clave 9': un modo de pensar, de sentir, de hablar y de actuar que se corresponde en 'Conciencia Cósmica' con el devenir de los tiempos. 3. ¿Qué fin persigue el Mensaje? - Una humanidad más libre, más justa y más amorosa. Ese mundo mejor que todos anhelamos: en lo individual, en lo social, en lo universal y en lo trascendental. 4. ¿Cómo se logra este efecto? -Por el estudio y práctica del Mensaje: "para lograr el fin, hay que establecer los medios" (Palabra 11). ¡PIES EN TIERRA! ¡LIBERTAD, JUSTICIA Y AMOR! TÚ VALES Y MERECES MUCHO MÁS.
Manuel. Profeta de 'Clave 9'

11 agosto 2012

MI TESTIMONIO DE FE

- Las dos caras del Cristo: la de la fe y la de la revelación. La de la fe, por los que vieron, por las Escrituras y la tradición. La de la revelación, por los que hemos sido tocados desde ‘Arriba’ - Un motivo de reflexión para mis hermanas y hermanos en Cristo. Ojalá y quienes lean estas páginas puedan emitir pensamientos superiores a los míos y me superen en fe y en acción por el ‘Camino’ /“Camino, Verdad y Vida”/ que Cristo se hizo a sí mismo, y que nos lo ha trazado para que lo transitemos juntos y conmemoremos en una misma mesa su entrega por nosotros: “Este es mi Cuerpo… Esta es mi Sangre”, y comamos de ese Pan, y bebamos de esa Sangre redentora.  

PARTE I: Me he apoyado en la idea de San Agustín: “intellige ut credas; crede ut intelligas” para escribir estas páginas como testimonio de mi fe. A ello he unido mis experiencias y vivencias personales, y mi tradición cultural, incluyendo en ésta mi religión católica, dentro de la cual se ha desarrollado mi vida como una planta en páramo o en desierto participando de su medio ambiente. Por ende que mi entendimiento y mi fe tampoco los puedo excluir de cuanto ha contribuido a conformar en mí una creencia y una visión del mundo, de Dios, de la vida y de las cosas. Por supuesto que no paso por alto mi ‘arrebato cósmico’ como el culmen de mi trayectoria vital y como enriquecimiento de mi mente y de mi espíritu. Mi vida real, como la del resto de personas, se debate hoy en día, cuando las comunicaciones han estrechado el mundo y todo se hace inmediato, entre la confusión de ideas políticas, religiosas, esotéricas, científicas, filosóficas, etc. Corrientes del pensamiento que todas se atribuyen la posesión de la verdad. Y el pueblo, la mayoría no dirigente de comunidades e instituciones diversas, en medio del bombardeo de ideas, unas tradicionales y otras nuevas, se ve inclinado y hasta forzado, a inscribirse en uno que otro grupo. No más hay que acercarse a las páginas de internet para ver la enorme cantidad de grupos ofreciendo cada cual su producto y dándonoslo como la verdad consumada. Y como hay gente para todo, surgen los adeptos de esas filosofías o tendencias del pensamiento. Adeptos de todo tipo: radicales, moderados, utilitis, etc. Por supuesto que la Naturaleza toda se caracteriza por la voracidad /lo más fuerte absorbe lo más débil/. Voracidad que en el plano social se denomina lucha de contrarios /los denominados “pares de opuestos” del Bhagavad-Gita de la literatura oriental hindú. Así, una de mis preocupaciones ha sido y es definir mi propia vida frente a la Causa Primera, Dios, que ha dado origen al Todo Coexistencial, a lo que en palabras bíblicas, Génesis, traduzco muy en particular como “aguas de arriba y aguas de abajo”: la dimensión luz con toda su existencia de ángeles, arcángeles, etc., /”aguas de arriba”/ y la dimensión sensible o universo con toda su manifestación energética tal y como entran por nuestros sentidos /”aguas de abajo”/ y lo concibe mi mente. Mas con esto no explico mi interpretación sobre el ‘Todo Coexistencial’, ni sobre la Causa Primera o Dios, ni sobre mi presencia en esta vida. Sólo hago alusión a términos o vocablos internalizados en mi mente y en mi conciencia. Términos que solamente se pueden captar con la mente y que se reflejan como entidades en la pantalla de mi ‘yo’, que lo defino como el verbo hablante de mi ser. Y este mi ‘yo’, que, repito, es la parte de mi ser, todo lo escudriña a través de la mente y de los sentidos: lo de abajo o sensible, y lo de arriba o energía sublimada o espiritual. Lo de abajo y lo de arriba no son mundos separados y abismales; se interactúan en vibraciones frecuenciales según leyes preestablecidas de correspondencia y de resonancia entre el Uno y el Todo /y sus partes/. Nada hay bajo los cielos ni por encima de ellos con independencia absoluta. Por ende que la Iglesia Católica tiene por principio que “Dios está en todas partes por esencia, presencia y potencia”. Nada puede escapar al Uno que alberga al Todo Coexistencial /todo lo de abajo y lo de arriba/ como el océano está presente en su gota de agua. Y por eso he dicho en otras oportunidades que estamos ‘telescospiados’. Y no es que Dios tiene una larga vista hasta de rayos infrarrojos para espiarnos en la oscuridad, si fuera necesario. Dios es la Gran Presencia que todo lo penetra e invade y sustenta a la vez. Y ese Dios, así conceptuado por mi mente y hecho conciencia en mi ‘yo’, una vez que lo capta nuestra mente ya no necesitamos más explicación sobre su Presencia. Nosotros, cual gota de agua del océano, nos reconocemos en Dios como la gota de agua, recalco la idea, del océano que se sabe océano ella misma. Es como si de pronto, estando en un cuarto oscuro, nos viéramos resplandecientes en un espejo. Así es cuando uno toca a Dios. El espejo /Dios/ sigue siendo espejo, y uno sigue siendo lo que es. No necesitamos más argumentos para decir que yo estoy en ese espejo; y que el espejo es espejo y yo soy yo. Por eso la Biblia nos cataloga como imagen de Dios. Si fuéramos honestos con nosotros mismos, si trascendiéramos más allá de nuestras narices, respiraríamos la Presencia Divina hasta en lo más insignificante de este mundo. Otros lo han logrado, como el Santo de Asís, como el Santo Job… Y de mi parte yo confieso que no soy santo, pero que la Presencia Divina la percibo en la vigilia y en el sueño, en la alegría y en el dolor, en mi propio ser y en todo cuanto me cobija, como el firmamento, y me rodea en el Planeta Tierra. Y es así que entendiendo, me proyecto en fe; y, proyectándome en fe, entiendo ya no sólo de Dios, sino de mí mismo y de mi misión en esta vida. En este estadio de mi ser, que se conjuga en el devenir de lo eterno e imperecedero, yo, después de mi ‘arrebato cósmico’, he aprendido a situarme en el punto cósmico, donde no hay fronteras, ni espacio, ni tiempo, y donde lo de acá es allá y viceversa. ¿Y cómo sin un contacto cósmico como el que yo he tenido se puede lograr ese estado de superación? A través de mi ‘arrebato cósmico’ se nos ha dicho cómo. Y este cómo está expreso en el Mensaje que recibió mi ser en aquel momento, 16 de Junio de 1979. Mensaje intitulado “PALABRA DE MANUEL”. Mensaje que procede de Seres Superiores, Maestros del Universo, Peregrinos del Universo, como el Profeta Elías. Personas de criterios aferrados a lo suyo y nada más como la única verdad, con nombres y apellidos, han llegado a ofenderme, a coartar mis actividades en mi misión cósmica y hasta a tratarme de “condenado en vida”. Tras mi arrebato cósmico todo ello me conduce a la existencia de un Dios inabarcable para la mente del hombre, pero que a través de la Biblia se nos muestra en el aspecto evolutivo del mismo pensamiento bíblico. Dios, pues, que se ha hecho presente en las diferentes culturas de niveles mentales muy desiguales, para todos es el mismo. Así, un Dios creador, frente a otros dioses, se nos muestra en la Biblia como celoso y receloso, castigador, misericordioso, guerrero, etc., hasta que con El Cristo se nos hace definitivamente Padre, y en Él todos somos hijos, y entre nosotros los humanos todos somos hermanos.

 PARTE II: El absurdo, según la Real Academia de la Lengua Española es lo: “Contrario y opuesto a la razón; que no tiene sentido”. Pues bien, el hombre, que se mueve en este Planeta como especie superior por estar dotado de razón, de voluntad y de libertad, amén de otras facultades y habilidades conexas a este triduo fundamental, pareciera responder, según manifestación de su proceder, a la definición del absurdo. El resto de seres /animales/ que acompañan su existencia no demuestran tener esos atributos esenciales /razón, voluntad, libertad/ que caracterizan al hombre, y sin embargo siguen en su generalidad la norma de Naturaleza que los rige en la variedad de sus diferentes comportamientos. Norma que los hace así sin ningún criterio de responsabilidad; su comportamiento está ceñido a sus impulsos y necesidades, aunque en muchos de ellos apreciemos voracidad: “El pez grande se come al chiquito”. Voracidad implícita en la misma Naturaleza. Voracidad que a ellos no les es dado sublimar; sí al hombre con su don de entendimiento y de racionalidad. Y de aquí deviene el absurdo cuando el hombre obra en contrasentido a su racionalidad. Desde los inicios de la historia nos llegan datos de esta conducta errática del hombre, que, valiéndose de la palabra ‘verdad’, ha usado el ardid de la mentira asociada a intereses personales y/o grupales. Observemos en uno de los libros más prolijos, la Biblia, cómo los progenitores de la raza adánica, si así vale la expresión, estando en el llamado paraíso terrenal, utilizan la excusa como mentira nada más y nada menos que delante de su ‘Dios Creador’. “Adán: La mujer…”.”La mujer es la culpable”. Y “la mujer: La serpiente…”. “La serpiente me engañó”. Tal ha sido el descaro del hombre: Pretender engañar a su Creador. Y si esto, que para unos es mito, y para otros realidad de fe, lo ha escenificado el hombre en los comienzos de nuestra especie con el mismo Dios, ¿qué no habrá sido capaz de cometer el hombre contra sus semejantes? La Biblia, desde un punto de vista de relato histórico, sin restarle de mi parte lo que tenga de inspiración divina, contiene en sus páginas la constante mentira del hombre hecha: traición, crimen, atropellos a la dignidad y a los derechos inalienables del mismo hombre, maltrato a la Naturaleza en sus seres vivientes /animales, vegetación… / y atmósfera… Esto en palabras sencillas que resultan hasta bonitas. Mas ¡cruda realidad! A la mentira adánica siguió el primer asesinato de la historia bíblica: “Caín mató a su hermano Abel” Gén. 4,8. ¿Y cuántos fratricidios no ha habido desde que la envidia /de Caín/ se enraizó también con la mentira? ¿Cuántos miles de millones de hombres, mujeres y niños no han derramado su sangre sobre la Tierra? No digamos cifras de guerras del siglo XX y de lo que llevamos de este siglo XXI, ni detallemos los masacrados por bandas armadas o por individualidades en tal o cual nación de nuestra actualidad. Multiplicados a cinco litros de sangre por cabeza, ya se habría teñido la faz del Planeta de rojo, acusándonos nosotros mismos en medio de las pléyades del universo: de bárbaros cósmicos, tan temibles como los llamados “agujeros negros”. Bárbaros dispuestos siempre a clavar su lanza hasta al mismo Dios, como lo hicieron con el Enviado del Padre. Y si otra vez volviera, no como Él lo ha prometido “entre nubes con poder y majestad y acompañado de sus ángeles” Mt. 25,31, pues a lo mejor los bárbaros se aterran, sino en plan de amor, de seguro que hasta las baterías antiaéreas se alzarían con sus sofisticadas municiones atómicas para aniquilar nuevamente al Cristo, el símbolo de lo Divino en lo humano y de lo humano en lo Divino, el símbolo del amor, de la paz, de la concordia y fraternidad… ¿Qué virus maléfico recorre la mente del hombre para hacerlo tan bárbaro? Si es la razón, la razón también tiene su antídoto: ‘la racionalidad’, la misma razón en función específica de los fines para los cuales ha sido dada al hombre. Y he aquí el ‘absurdo’: el hombre, abusando de su libertad, pervierte los fines y los convierte en ‘absurdo’; hace todo lo contrario; no para su bien sino para su propio mal. Absurdo y nada más. En los mismos cristianos está el absurdo, sobre todo en aquellos que proclamándose seguidores del Cristo y misioneros de su Mensaje, no sitúan al Cristo en su verdadero contexto mesiánico tal como, deduciendo con humildad y fe de sus palabras y hechos, el Cristo lo que nos pide no es para llevarlo a elucubraciones filosóficas y teológicas, sino a la practicidad como hermanos, hijos de un mismo Padre: “Para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti” Jn.17,21. Y Cristo estaba en cumplimiento de la voluntad del Padre. Uno era su pensamiento con el Padre. Y esto es lo que Cristo quiere de nosotros, no las teorías divisionistas, ni los intereses hegemónicos ni de componendas para ver quien mete más ovejas en el desconcierto de sus rediles. El absurdo está en quienes se arrogan el derecho de ser, como dice el adagio: “más papistas que el Papa”. Cristo nos llama a la unión, y ellos practican la desunión. ¿Qué es esto, hermanos? Pongamos al Cristo en comunión crística de verdad entre nosotros. No más se abren las páginas de internet y el absurdo divisionista espanta a quien tenga dos dedos de sentido común; cantidad de iglesias /credos/ anunciando al Cristo de sus conveniencias. El Mensaje del Cristo no sólo está en las Epístolas de Pablo, sino en los demás Evangelios, y escritos conexos, y no puede haber contradicción en las Escrituras, salvo impuesta por criterio de hombre. La prudencia es una virtud y como tal debemos ser honestos con nosotros mismos estudiando y analizando las Escrituras en petición de luz del Espíritu Santo. En ellas no sólo se dice “el que cree en mí, aunque muera vivirá” Jn. 11,25, sino también “y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” Jn. 11,26, y también “por los frutos los conoceréis” Mt. 7,16. Y más: “el hombre es justificado por las obras y no sólo por la fe” Stg. 2,24; “Aquel, pues, que escucha mis palabras y las pone por obra, será como el varón prudente que edifica su casa sobre roca” Mt. 7,24. Atención, pues, a la expresión de Pablo: “ …no se justifica el hombre por las obras en la Ley, sino por la fe en Jesucristo” Gál. 2,16. “Y continúa Pablo: “Porque por gracia sois salvos, por medio de la fe y esto no es de vosotros, pues es don de Dios. No por obras, para que nadie se gloríe”. También la Escritura nos habla del justo: "Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados” Mt.5, 6. La justicia se corresponde con la acción del hombre, pide hechos, no sólo fe. Y en cuanto a fe y obras, algo más todavía: “Así también la fe, si no tiene obras, es muerta en sí misma” Stg. 2,17. Pero el absurdo es como un árbol de hojas y frutos perennes que abriga y alimenta al hombre, el cual amando la vida, mata. Los mismos animales presienten la muerte y temen, y, si pueden la esquivan aunque sea arrastrándose. Lo cual indica que también aman la vida. Y si uno de ellos mata a otro es por instinto o de supervivencia o de ley del más fuerte, sin raciocinio. En ellos no se da el absurdo; sí en el hombre, que hace “lo contrario a la razón”, “lo que no tiene sentido”. Y es contrario a la razón de los que siguen a Cristo en la predicación caer en el absurdo del divisionismo doctrinario. Yo creo en las Escrituras, en las cuales concibo el espíritu de Dios. Pero me hiere el alma que hermanos, amando al Señor, y esto no lo pongo en duda, se afanen en sus concepciones doctrinarias respecto al Mensaje del Cristo y caigan en el absurdo de lo mismo que predican; hagan “lo contrario a la razón”. Y la razón más elemental no está en parcializar las Escrituras, pues de hecho hay predicadores que siembran la duda en la mente de los fieles, sino en unir bien y con sabiduría los vocablos y los conceptos que en Ellas se hallan como postulados de verdad y de unidad. Jesús no es Pablo. Ni Pablo es el único que ha hablado de Cristo. Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, con toda propiedad, y con todo poder. Y poder le sobraba a Jesús para manifestarse en la forma que quisiere a nosotros, hechuras del Padre. Si Pablo, su Apóstol posterior a los doce Apóstoles del Cenáculo, establece el criterio de anteponer la fe a las obras, y ni siquiera fe y obras, sino solamente fe para salvarse, Jesús aboga por la fe y por las obras: “Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis; pero si las hago, ya que no me creáis a mí, creed a las obras, para que sepáis y conozcáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre” Jn. 10,37-38. Y si Jesús nos exigía constantemente fe, era porque su presencia y su Divinidad como Hijo de Dios estaba en dudas. Creer en El ya era la condición indispensable para llevar a efecto sus palabras. El sabía que la fe es la proyección del alma y que es dardo directo que llega al blanco ‘Dios’. Prueba de ello, cuando en medio de la multitud una mujer tocó su túnica con verdadera fe y Jesús se detuvo preguntando quién lo había tocado. ¿Y por qué esta relación entre la fe y Jesús? Él mismo dio la respuesta: “Porque ha salido virtud de mí” Lc. 8,46. Y esa virtud de Dios es la que curó a la mujer, que padecía flujo de sangre; y Jesús añadió: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz” Idem,8,48. La fe sola no hubiera producido tal efecto, si la acción de tocar la túnica de Jesús no se hubiera dado. Fe y acción se revierten en feed-back /respuesta/ de lo Divino. Repito que Jesús en las Escrituras del Nuevo Testamento es sumamente intransigente respecto a las ‘obras’. Léase, en bien del buen entendimiento del lector, no sólo a Pablo, sino todas las Escrituras alusivas al Nuevo Testamento. Así daremos razón a la razón y no seremos víctimas del absurdo /”lo contrario a la razón”/. ¿Cómo se van a cumplir las palabras del Cristo:”Para que haya un solo rebaño y un solo pastor”? Lc. 10,16. ¿Acaso dividiendo a la comunidad cristiana, como lo está realmente en mil pedazos por no tener un poquito de humildad y de fe los predicadores de las palabras del Maestro? ¿Acaso a los predicadores no les está dirigida la palabra: “Vosotros sois la sal de la tierra? Pero si la sal se vuelve sosa ¿con qué se salará? No vale sino para tirarla fuera y que la pisotee la gente. Vosotros sois la luz del mundo. No puede ocultarse una ciudad situada en lo alto de un monte; ni se enciende una luz para ponerla debajo de un celemín, sino sobre un candelero a fin de que alumbre a todos los de la casa. Alumbre así vuestra luz ante los hombres para que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los Cielos” Mt. 5, 13-16. “Para que vean vuestras buenas obras”, y no únicamente ‘vuestra fe’. Y se supone que las obras siguen a la fe. ¿Acaso la recompensa que promete el Cristo no vale más que el absurdo del divisionismo? ¿Acaso el cien por uno en esta vida y después la vida eterna, no merece todo sacrificio? ¿Quieren entrar a las alturas gratis, cuando están atados al absurdo? “Un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado, así también amaos mutuamente. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si tenéis caridad unos para con otros” Jn. 13,34-35. En palabras de argot popular: “Más claro no canta un gallo”. Y la caridad no es una entelequia, una mariposita en el aire. La caridad es el cumplimiento del Primer Mandamiento de la Ley de Dios que el mismo Cristo exalta. La caridad es sinónimo de fe hecha obras. Y Pablo, aunque la fe es predilección de su prédica, tenía muy bien los pies sobre la tierra al referirse a la caridad como el don más preciado para agradar a Dios y vivir en paz con los hermanos. Lamentablemente muchos de sus seguidores parecieran haberse olvidado de la caridad, hasta con el mismo Cristo, no guardando todos sus preceptos, sino el facilismo de la fe sin obras. ¿Y qué más da para estos hermanos enjuiciar como “impíos” a quienes pertenecen a otra iglesia, como la católica? ¡Y en qué concepto tan bajo tienen muchos cristianos a la llena de gracia del Espíritu Santo, María, la Madre de Jesús! La caridad descrita por Pablo parecieran no conocerla: "La caridad es paciente, es servicial; la caridad no es envidiosa, no es jactanciosa, no se engríe; es decorosa; no busca su interés; no se irrita; no toma en cuenta el mal; no se alegra de la injusticia; se alegra con la verdad. Todo lo excusa. Todo lo cree. Todo lo espera. Todo lo soporta" ICo 13, 4-8. Sólo vale el “capítulo tal…, versículo cual” para ciertos cristianos. Yo mismo he recibido insultos incalificables por el hecho de ser vocero de un Mensaje Cósmico y Trascendental, Mensaje ‘Clave 9’, de Libertad, de Justicia y de Amor que, incluso, ellos ni conocen. Es censurar por censurar. El Mensaje es de caridad como lo piden Cristo y Pablo, y de punto de partida para quienes, no conociendo al Cristo, elevándose a ‘Conciencia Cósmica’, puedan encontrarse con Él cara a cara. ¿Acaso Libertad, Justicia y Amor están reñidos con los preceptos del Cristo, y con las enseñanzas de Pablo? Pero así son las cosas. Así es el absurdo de quienes en fervor de fe, desconocen la caridad para con sus otros hermanos. Y a estos singulares seguidores de la ‘fe de Pablo’ también se unen otros de los seguidores de Pedro pertenecientes al papado de Roma. A mí, en particular, me ridiculizan y me silencian en mi misión de Libertad, Justicia y Amor. Pero aquí estoy haciendo frente al absurdo en mi profecía cósmica, que jamás he dicho ‘soy profeta de Dios’. Sí digo en voz alta:. Lo cierto es que un día del s. XVI, la Iglesia católica sufre su gran segunda división: El Protestantismo. La primera ocurrió a principios del s. XI, con el llamado Cisma de Oriente. /Interesados en conocer detalles pueden abrir las respectivas páginas de internet/. Para nuestro efecto, que no es hacer un tratado del desarrollo del cristianismo, basta con asomar algunos aspectos relacionados con el absurdo de la dirigencia cristiana /católicos romanos y ortodoxos, y protestantes en sus diversas ramas: divididos/. Y cierto es también que lo que nació, después de la ascensión de Jesús a los cielos, como un río caudaloso, y uno de sus afluentes principales lo constituyó el Apóstol Pablo, se bifurcaría como en un centenar de arroyuelos /las diversas iglesias cristianas esparcidas por el mundo/. Es consabido que nunca faltaron salpicones que enturbiaran las aguas de ese caudaloso río. Algo así como normal en la dialéctica del pensamiento humano en la que no faltan “los pares de opuestos” /que si blanco, que si negro…/. Dialéctica que engendra las controversias y la ‘lucha de contrarios’ en las que se ven involucrados desde los orígenes del cristianismo hombres de pensamiento y hombres de la política. Doctrinas y políticas que fueron creando poco a poco tremendas mareas y alboroto en ese caudaloso rio del cristianismo. Por los mismos ‘Hechos de los Apóstoles’ se aprecian ciertas turbulencias que terminan en “anatemas”, en cortar por la sano, y casi siempre a favor del más fuerte. Así hasta el ‘absurdo’ de las divisiones, tan lógicas como inevitables dada la condición intemperante y dominante del mismo hombre. Y es así como por ley del más fuerte, las aguas de ese río, en su gran mayoría se acumularon en Roma con la denominación de Iglesia Católica, Apostólica y Romana, y las otras aguas, iglesias, se ubicaron en diferentes lugares. De mi parte, si bien expongo mi punto de vista sobre las Escrituras en relación al Mensaje de Jesús, no es mi propósito censurar o juzgar a ninguno de los hermanos cristianos /ni a católicos romanos ni a los otros separados/. ¡Qué bello sería, y es mi deseo, que unos y otros se dieran la mano crísticamente: “para que todos sean uno” Jn. 17,21. ¡Y cómo me duele el alma al oír constantemente epítetos despectivos y oprobiosos de unos hermanos cristianos contra otros: que si “bestia apocalíptica”, que si “ramera”, que si “Babilonia”…! Hermanos, que profesando la sola fe de Pablo para la salvación, y repetidores de recetas de capítulos y versículos, demuestran el desconocimiento o el menor sentido de lo que en tan alta significación tiene Pablo: “la caridad”. Absurdo y más absurdo. 

 PARTE III: ¿Quién no ha conocido un absurdo en su vida? Absurdo en todo: en religión, en política, en filosofía, en la vida diaria; hasta en el amor /morir y matar por amor/. Tal vez haya que hacer un paréntesis para ver si Cristo fue reo también del absurdo: siendo Dios de gloria, se hizo hombre para darse a muerte de cruz en amor por su criatura, el hombre; siendo Dios de infinita sabiduría, le dio libertad y capacidad al hombre para que se revelara, si así lo deseaba, no sólo contra el mismo Dios, sino contra su obra; siendo Dios el Artífice del cuadro más sublime que adorna el Planeta Tierra, el hombre, lo expone a que se queme en el infierno… Acerca de tal ‘paréntesis’ /véase páginas de internet donde encontrará argumentos y contra argumentos, y sea el mismo lector quien descifre esta incógnita de si el Cristo cayó en el absurdo de su mismo amor/. Yo tengo todo esto muy claro y defiendo el amor del mismo Dios por su creatura el hombre. Hay cosas que escapan a la razón y se ven y se saborean con la sabiduría que proviene de Arriba, cuando en acto de viva fe y sinceridad del alma la imploramos /la sabiduría/. Y eso que el amor es lo más noble que pueda salir del corazón humano, pero la razón lo empaña todo. Todo hasta desembocar en el absurdo. Por sabiduría de Arriba estoy plenamente convencido de que en Cristo, Dios, no puede haber absurdo, porque si a mí, que soy simple criatura, se me da a entender la imposibilidad del absurdo en Cristo, poseedor del Espíritu Divino en el que no puede haber mancha, sería caer en el absurdo atribuirle el absurdo al mismo Dios, que hecho hombre o no hecho hombre, es la fuente de la sabiduría infinita y eterna. El absurdo tiene su asiento en la razón, y la razón no es sino un instrumento en la nave de nuestro ser para, sabiéndola usar bien, alcancemos felizmente la meta que la Gran Ley nos ha trazado. Y esa meta es la perfección de nuestro propio ser aquí en esta dimensión sensible, para así entrar a la otra dimensión superior en gozo de esa misma perfección. Gozo que se ha de traducir en el encuentro inefable con nuestro mismo Creador. Pero la razón en sí no es el absurdo. La razón está acompañada del motor de la acción que es la voluntad y del asentimiento /nuestra propia decisión/. Por eso es que, volviendo a la definición de absurdo, éste es lo contrario a los fines de la misma razón: poner cada cosa en su sitio, obrando en armonía con nosotros mismos, con nuestros semejantes y con todo lo demás. Salirnos de esta finalidad preestablecida es caer en el absurdo. Y el Cristo no estaba sujeto a ninguna finalidad. El es en sí “el principio y el fin” de todo. La contradicción no es con Él. El absurdo no es con Él. Él, como “principio y fin de todo”, no necesita la razón. Todo en Él está presente por sabiduría divina. Nosotros sí requerimos de la razón que es instrumento de raciocinios /de lo que llamamos lógica/, para poner cada cosa en su sitio, para la armonía de nuestro ser en este plano de vida terrenal. Y ello debido a nuestra imperfección, como creaturas que somos y no como Creador. Cristo no necesita de la perfección, porque Él es la perfección en sí mismo. La misma razón, lejos del absurdo, nos dice que la ‘hechura depende del hacedor’; que somos creaturas de Dios. Bastaría el ejemplo que nos pone el Santo Job: ‘que somos como meros tiestos de barro ante el Alfarero Hacedor’; lo cual no quita lo que de amor y cuido ha puesto Ese Alfarero Dios en ese barro, nosotros sus creaturas, únicas en este Planeta con razón y libre albedrío, e invitados a volver a la casa del Padre con los talentos que se nos han dado multiplicados a enésima potencia si así lo deseamos /”Sed perfectos como el Padre celestial es perfecto” Mt. 5,48/. El absurdo sí invade la mente y la actividad de los seres humanos. Los animales siguen su ritmo natural. Algo así sucede con el hombre como si ‘el fruto prohibido’ en el paraíso hubiera sido ‘el absurdo’; lo probó, le gustó y continúa comiéndolo. ¡Bien sabroso! ¡Um…! El absurdo no es una teoría. Es una realidad vivita y coleando que se adueña de la mente hasta de los más encumbrados jerarcas. Me atrevería a llamar ‘absurdido’ al que practica el absurdo, aun en su más pura inocencia. ‘Absurdido’, pues, es el que teniendo entendimiento para obrar en rectitud, se comporta como un descerebrado haciendo todo lo contrario de lo que debería hacer. Predica, por ejemplo, la unidad, la justicia y el amor, y siembra la discordia, el odio, la separación, la infamia… Alguien pudiera pensar en los políticos, y hasta éstos podrían tener disculpa, pues nadie da lo que no tiene, y si lo que llevan en sus mentes es la ‘ley del zarpazo’, del quítate tú para ponerme yo, ¿qué más se les podría exigir, si eso es lo que ellos han mamado en sus sociedades, si a pesar de sus incongruencias el pueblo los ayuda a subir al estrado de “los chivos gordos”, desde donde se olvidan y se hacen oídos sordos del lamento del resto de la manada, de los ‘chivos flacos’, de los indefensos ciudadanos caídos en desgracia, sin oportunidades de vida mejor? Y pido excusas si llamo a mis hermanos menores ‘chivos flacos’. Pero aun éstos /los chivos/ son creaturas /animalitos/ de Dios que nos acompañan por las sendas de este planeta plagado de absurdos, y en ley de voracidad cósmica son utilizados de alimento por el hombre y por otros animales. La realidad es más cruda que mis palabras. Los de escala social alta, los de arriba, está escrito: “pisan al justo como a rama de zarza que sale derecha del seto” Miq, 7,4. Lo grave es que esos ‘absurdidos’ han perdido el sentimiento de compasión y la sensibilidad humana. Viven enclaustrados en su absurdo y difícilmente dan su brazo a torcer ante el clamor de sus semejantes. Sólo huyen cuando huelen de la soga que les está preparada para atarla a su cuello. Entonces sí ven con clarividencia que el absurdo tiene dos caras: la de ellos y la de otros a quienes se ufanaban en ocultar, y en tener en menos que cosa, y que ahora se levanta erguida para defender sus derechos. Sí, cuando se aperciben de la última hora, buscan refugios en bunkers o emigran a lares desconocidos. El absurdo también tiene su rugido de fiero león. El absurdo es trampa para el mismo’ absurdido’. Tarde o temprano los más temibles imperios caen. Y de ello no quieren tomar conciencia los que, so pretexto de que esta vida es un absurdo, ensanchan su poderío económico, político, religioso, doctrinario, etc. Por cierto que cuando los ‘absurdidos’ del poder político asumen absurdos religiosos, ideológicos y económicos en calidad de consorcios, los emperadores del pasado se quedan pequeños ante estos nuevos líderes que saltan de nación en nación en lujosas naves y en ostentación de poder militar y de dominio sobre las conciencias de sus gobernados. Han hecho de la política una religión peligrosísima para los individuos y para la Humanidad entera. Ellos son los nuevos sumos sacerdotes que imponen a sus feligreses cánones de terror, so pena de no seguir los dictámenes del absurdo imperante. “¡Y qué bello es el absurdo!”. Así hasta que el absurdo se les desvanece y revierte en contrariedad. Así, hasta que con palabras del mismo Miqueas /idem/: “viene tu castigo, viene tu ruina”. Mas no olvidemos que, quienes desde el banquete económico ayudan a sostener a tales políticos, suelen ser en el plano moral y ético los autores farisaicos que, escondiéndose bajo las túnicas de la inmunidad del poder, ‘tiran la piedra y esconden la mano’. Se valen de los políticos para engordar más su panza, que nunca sacian, porque sus tripas cada día se ensanchan más y más. Asimismo hicieron con Jesús. Pusieron en escena el poder político, para que lo ajusticiaran, soliviantaron a las turbas para justificar sus macabros propósitos, y la víctima es siempre el ‘Manso Cordero’ representado en el pueblo indefenso y sumido en la resignación. “… ¡ay de vosotros, los ricos!, porque habéis recibido vuestro consuelo. ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis hartos!, porque tendréis hambre. ¡Ay de los que reís ahora!, porque tendréis aflicción y llanto” Lc. 6,24-25. De manera esto que todo el que se haya manchado sus manos y/o su conciencia no entrará en el reino de los cielos. Allí no entra espíritu impuro. Y de que hay ‘purga’, la hay; tal es la justicia de Dios. A la mesa celestial no se sientan los andrajosos de conciencia sin que antes hayan tenido que pasar por el lavatorio de sus infamias, por la purificación, más dolorosa allá que la cadena perpetua en esta vida. Sigamos con la razón. La razón no es sólo para ‘dites y diremes’, para hacer piquetes y al final meter la cabeza en tierra como el avestruz y como se dice vulgarmente “echar el muerto a otro” y sacudirse con un “yo no fui” o “la verdad la poseo yo”. Ni ‘yo no fui’ ni ’la verdad la poseo yo’ valen frente al Verbo Cósmico en el que todo se conjuga en equilibrio y en armonía. El Verbo Cósmico tiene su caja de resonancia en leyes infalibles, como la ‘Ley de Correspondencia’, y ‘Ley del Todo Existencial Vibracional’ que sincroniza cada una de sus partes y en la que no cabe engaño. Por eso: el que las hace las paga, sin tenerse que mover la mano de Dios para castigar. Lo que está en juego en todo pensamiento y en su consecuente acción es ‘la verdad’ o ‘la mentira’. Encubrir la verdad es caer en el absurdo. Y del absurdo a la mentira se pasa insensiblemente como por grados. Si la razón se inclina a uno de los “pares de opuestos”, a uno de los platillos de la balanza, en donde predomina el interés, en tanto que ‘todo vibra’, esa onda tiene su repercusión en el ‘Todo Coexistencia y Vibracional’, y éste como radar efector envía su contraparte /”nada hay oculto sino para ser descubierto” Mc. 4,22/. La evidencia no tiene sombras; está regida por Ley de Causa y Efecto, y no hay escondrijos. La verdad y la sabiduría brillan por sí mismas hermanadas en luz de trascendencia. La mentira y el absurdo todo lo manchan a su paso. La historia de la Humanidad está cimentada sobre la mentira y el absurdo. Pocos destellos hay en ella de verdad y de sabiduría. El siglo XXI es un retrato fiel de ello: se roba por robar, se mata por matar, se viola por violar, se difama por difamar, etc. ¿Y El Redentor del mundo, qué papel ha jugado en todo esto? Bien que El nos lo dijo: “El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” Mr. 13,31. “Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida” Jn. 14,6. ¡Dios me libre del absurdo! Y para ello sigo los consejos de mi Señor Jesucristo: “Pedid y se os dará; buscad y hallaréis; llamad y se os abrirá” Mt. 7,7. Y El mismo nos lo reconfirma: “Porque todo el que pide recibe, quien busca halla y a quien llama se le abrirá” Idem 7,8. Con esto nos indica Jesús la disposición del Padre para responder en gracia a nuestros ruegos de fe. La fe de verdad que traslada montañas, y me consta. Pero la fe que nos requiere Jesús no es la simple fe o fe sin obras como lo sostiene Pablo y los fáciles del cristianismo. La fe proclamada insistentemente por Jesús está implícita en la acción, en las obras /’a Dios rogando y con el mazo dando’/. Una fe viva que mueva todo nuestro ser. Y este moverse es lo cuesta y lo que atrae el mérito, y la recompensa como respuesta. Fe significa a todas luces en Cristo: la proyección de la mente y del espíritu a lo Divino sin titubeos. Y en este sin titubeos entra la persistencia en el propósito a obtener, sin desmayar como decimos; pero según la voluntad divina y no a nuestro antojo: “ …vuestro Padre sabe de qué cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis” Mt. 6,8. Comunicarse así con Dios con todo lo que implica la fe /pedir, buscar y llamar/ es como proponerse ir a la cima de una montaña y ponerse en camino y sortear todos los obstáculos que se presenten. El “pedid, buscad y llamad” son en sí todo un proceso, hasta que la puerta se abra. Y está garantizado por el Cristo que de mantenernos en estas condiciones ‘seremos oídos, hallaremos lo que buscamos y se nos abrirá la puerta para que lo obtengamos’ Mt. 7,8. Habremos trasladado la montaña. Mas no olvidemos que en esta vida todo es tránsito y somos seres contingentes, con necesidades primordiales /comer, beber…/ y secundarias /recreación, lujo…/, que no nos debemos a nosotros mismos; que venimos una vez y nos vamos para siempre. Pero que, siendo contingentes, tenemos mente, sentimientos, voluntad y libre albedrío. Que somos algo más que materia organizada. Entremos en razón y vivamos racionalmente, evitando el absurdo, y habremos ganado espacio y tiempo. Estar en este estadio del devenir, que es eterno /el devenir/, en esta dimensión sensible, en esta modalidad de vida, no es al azar, ni “comamos y bebamos que mañana moriremos” ICr. 15,32. Vivamos en la fe, pues sin fe el hombre es como una cebolla frita, que una vez frita pierde su sabor y sus atributos naturales para adaptarse al gusto del cocinero. Pero vivamos en la fe, repito, con obras, en la fe que da identificación al verdadero cristiano. Recordemos este pasaje de Jesús: “¡Hipócritas! Bien profetizó de vosotros Isaías cuando dijo: ‘Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí…’” Mt. 15,7-8. Y el corazón representa los sentimientos y la intencionalidad de lo humano que son los resortes que mueven la voluntad a actuar, a producir obras, a dignificar y santificar la fe en Cristo y en su Trinidad Santa. Aún no me explico cómo Pablo, avatar de avatares en el cristianismo, pudo crear un absurdo de preceptuar la fe sin obras, e incluso separarla de la Ley, cuando por otra parte llena de epístolas su evangelio enfatizando en no pocas situaciones: en la caridad / ¿y qué es la caridad sin obras?/, en el cumplimiento a la Ley de Dios y a la ley de los hombres, y en servir de ejemplo ante los demás “abundando siempre en la obra del Señor” ICr. 15,58. 

PARTE IV: Si bien Pablo cayó del caballo y estuvo en el “tercer cielo” IICr. 12,2, y dedicó su vida y hasta su martirio por el Reino del Cristo, y más que justificado está ante los hombres, he dicho que Pablo no es sino una voz de las Escrituras, y que por ende debemos escudriñar todas las Escrituras y sacar nuestras propias conclusiones. Y aunque la clerecía cristiana en su diferentes denominaciones no esté de acuerdo en que nosotros, feligreses, seamos deliberantes en cuestiones de la Sagrada Escritura y quisieran de nosotros que fuéramos borregos y nada más de la manada, yo me resisto a ello; los dones los da Dios a quienes en su voluntad tiene en bien. Y no es que me considere libre pensador y liberal sin nexo alguno respecto a quienes conducen la Iglesia de Dios, la Comunidad del Cristo, sino porque si, al final de todo, yo soy el responsable de mis actos y ellos mismos, los clérigos o pastores, así me lo ratifican, yo debo también tener mi ámbito de libertad para examinar las Escrituras, como suelo hacerlo, con fe y devoción, para servir mejor al Señor, y en este servicio /de fe y obra/ elevar mi mente y mi corazón a otras esferas que escapan al común de los humanos. En esto Pablo nos dice: “Os ruego, pues, hermanos… que no os conforméis a este siglo, sino que os transforméis por la renovación de la mente, para que procuréis conocer cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta” Rm. 12,1-2. Aquí Pablo nos da carta abierta para incursionar en las Escrituras por voluntad propia y no por imposiciones de cánones que coartan la mente y el libre albedrío, siendo nosotros, cada uno en particular, el que ha de salvarse, sin requiebros a decirlo: por la gracia vivificadora del Cristo /así lo acepto yo/. Cristo vino a nosotros y se constituyó en “Camino, Verdad y Vida” Jn. 14,4, para que entremos sin dificultad en el Reino de los Cielos. Si seguimos ese Camino, esa Verdad y esa Vida, creyendo, como es lógico, en sus palabras y poniéndolas en práctica, podremos cantar con David: “…mi Dios es la fortaleza en que me resguardo; es mi escudo, mi refugio y mi defensa” Sal. 18,3. Es más: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada en él” Jn. 14,23. Cristo nos garantiza así la salvación. Pero hemos de poner de nuestra parte lo que de exigencia tiene “ese Camino, esa Verdad y esa Vida”: fe en el que así nos habla; fe y amor, y amor en obras. Y para no tener dudas: “Si permanecéis en mi palabra, seréis en verdad discípulos míos, y conoceréis la verdad, y la verdad os librará… Si, pues, el Hijo os librare, seréis verdaderamente libres” Jn. 8,31-36. Y libres somos, y no esclavos, y en categoría de ‘discípulos’ del Maestro Divino. Yo me acojo a las enseñanzas del Maestro y me considero ‘discípulo y libre’. Y como discípulo de Jesús me preocupo día tras día por asimilar bien sus enseñanzas. Y pido luz para atravesar a paso firme por las tinieblas de este mundo. Y respeto a aquellos otros Discípulos del Cenáculo, y a Pedro como ‘roca fundamento’ de la iglesia, comunidad, del Cristo. No caigo en el absurdo de los anatemas ni de las supremacías. Y como libre en Cristo no acepto amenazas. Si no hay amor manifiesto en los discípulos del Cristo, vana es su fe, falso su amor y semejantes son a “sal desvirtuada”. Los cánones y los ritos no son el Mensaje del Cristo. Y si bien el Maestro dijo “En verdad os digo, cuanto atareis en la tierra será atado en el cielo, y cuanto desatareis en la tierra será desatado en el cielo” Mt. 18,18, en sentido de poder y autoridad. Ni el poder ni la autoridad pueden estar fuera de ese “un precepto nuevo os doy: que os améis los unos a los otros; como yo os he amado…” Jn. 13,34. Si no hay amor en Cristo, no valen ni el poder ni la autoridad, ni la fe. Dios no va aceptar en los cielos la arbitrariedad. Si lo que se impone es la autoridad, el absurdo revestido de poder, y no el amor, de igual modo lo que se ata aquí en la tierra /lo incorrecto, lo injusto/ queda atado también en el cielo, y nadie podrá decir que ese nudo se ató o desató solo. En el cielo no entran los absurdos ni los ‘absurdidos’ /sobre todo los de malicia, que el inocente es inocente en la tierra y en los cielos/. Ni éste era el sentido de la autoridad que Jesús dio a sus discípulos. Todo en ley de amor. Y en ley de amor, ellos, los Discípulos del Cenáculo, fueron designando pastores de las ovejas encomendadas a Pedro y ejercieron su ministerio. Y así comenzó /Hechos de los Apóstoles/ la comunidad del Cristo a conformarse hasta el día de hoy. Esto sí queda atado en el cielo, porque no hay otra manera de cuidar del rebaño del Cristo sino estableciendo autoridades idóneas de fe, de amor y de servicio incondicional, comunicando el Mensaje a otros. Y como a tales autoridades debemos seguir en su ejemplo, como Pablo se ponía de ejemplo en su Evangelio: con fe, con amor y servicio incondicional, aunque como hombre tuviera sus error /solo fe/ en la interpretación del otro Evangelio que traían los Apóstoles del Cenáculo ‘de fe y obras’. Y decía Jesús: “Pero no ruego sólo por estos /sus discípulos directos/, sino por cuantos crean en mí por su palabra, para que todos sean uno, como tú, Padre, estás en mí y yo en ti, para que también ellos sean en nosotros, y el mundo sepa que tú me has enviado” Jn. 17,20-21. ¡Cuánta emoción siento al saber que el Cristo también me ha incluido a mí en su plan de salvación, porque yo sí creo en El y vivo en El! Todos, sin excepción, somos llamados a aceptar las palabras transmitidas a través de no sólo los Apóstoles, sino también de muchos seguidores de los Apóstoles a través de los tiempos. Sin caer en el triste absurdo de pretender ser unos los salvos y otros los condenados. Sin, mucho menos, el absurdo del divisionismo. Esto sí es falta de fe o ridiculez doctrinaria, y hasta contradicción, absurdo: decir que creemos en la Palabra /”para que todos sean uno”/ y dividirnos e injuriarnos y hasta llegar a los extremos de la Inquisición /cada cual examine las respectivas páginas históricas y saque su conclusión sobre los que se quedaron /Iglesia Católica Romana/ y los que se fueron /Protestantes/. ¿Quién tuvo la razón? ¿Quién ganó el buen nombre de ser fiel a la Palabra del Señor /”para que todos sean uno”/. A mí entender ambos bandos deben rectificar y sentarse no en el banquillo de los acusados, sino en el banquillo de la reconciliación. Nunca es tarde cuando se tiene voluntad para la unificación entre hermanos y para conservar la pureza del Mensaje recibido, que en tan alto precio tuvo que pagar nuestro Señor Jesucristo. Recordemos que, ‘como abajo es arriba y como arriba es abajo’, esta página negra del cristianismo todavía está esperando en los anales de los cielos que sea firmada en la reconciliación. Y no pongamos excusas de que aquella fue una época y ésta es otra. En los planes de Dios el tiempo no cuenta, sino la verdad, la justicia, el amor… La figura de Pedro, aunque a algunos les duela o se escandalicen de estas palabras, no concuerda con quienes se proclaman sus seguidores. Estos enaltecen su ministerio permitiendo que otros hermanos se les hinquen de rodillas ante ellos. Es el caso, cuando el Centurión Cornelio recibe a Pedro en su casa. “Así que entró Pedro, Cornelio le salió al encuentro, postrándose a sus pies, en actitud de adoración. Pedro le levantó diciendo: Levántate, pues yo también soy hombre” Hech. 10,25-26. Un rechazo evidente a la sumisión. De seguro que Pedro recordaría en aquel momento las palabras del Maestro: “…el mayor entre vosotros será como el menor, y el que manda como el que sirve” Lc. 22,26. ¡Vaya lección! ¡Jerarquía de la igualdad! Ahora bien, ¿cómo yo, consciente de este mensaje del Maestro, puedo callar o atribuirme una supremacía ante mis semejantes? Por Cristo he aprendido a considerarme uno más en el seno de la familia, en mi trabajo y entre mis amistades. Mi fe no es muerta. Mi fe es según Libertad, Justicia y Amor, y en hechos concretos. Fe en obras. La autoridad o el desempeño de una función familiar o social no nos debe hinchar de ínfulas. Ni somos más ni menos. Ante Dios todos somos iguales. Desnudos venimos al mundo y dependiendo de la especie para que nos cuide, alimente, etc. Y yertos, y sin voz de mando, igualmente quedamos por la muerte, y nos vamos. Todo es como una burbuja que se infla y se evapora. Como una vela que se prende y se apaga. Alguien podría decir, pero la vela se puede volver a prender. Sí, pero nosotros, una vez que se apaga nuestro hálito de vida, ya no volvemos. No hay retorno. Pero hay esperanza de ser recibidos en una de las “muchas moradas” que hay en la casa del Padre, por promesa del Señor. Y en fe de ello, se mueve mi existencia para eterna alabanza y gozo en mi Dios Creador. Mas en atención a lo que veníamos describiendo de Pedro, éste, rompiendo con la tradición judía de no amistarse con los gentiles, ante la sencillez y respeto que los mismos judíos tenían al Centurión Cornelio, gentil, y de revelación en sueño, y quizás siguiendo el ejemplo de Pablo en su evangelización con los gentiles, dice: “Ahora reconozco que no hay en Dios acepción de personas, sino que en toda nación el que teme a Dios y practica la justicia le es acepto” Hch. 10,34-35. Así, pues, de labios del mismo escogido por el Maestro para cuidar de su rebaño /de Cristo/ la sola fe de Pablo y de quienes aún se solidarizan con ella me suena a absurdo. Si bien Pedro, Pablo y los demás Apóstoles se reunían en casas para orar, y asistían a ágapes /un compartir festivo de comidas, vino etc. / y después se conmemoraba ‘el partir el pan’ /eucaristía/ y ‘tomar el cáliz’ tal como lo había enseñado el Cristo, tales ágapes se convirtieron en abusos de todo tipo, y el mismo Pablo y otras autoridades cristianas se vieron en la necesidad de intervenirlos y hasta de suprimirlos. Lo cual contradice el criterio que nos han querido formar de que las primeras comunidades cristianas fueron beatíficas. Pablo dice: “…no puedo alabar que vuestras reuniones sean no para bien, sino para daño vuestro…, y cuando os reunís no es para comer la cena del Señor, porque cada uno se adelanta a tomar su propia cena, y mientras uno pasa hambre, otro está ebrio… cuantas veces comáis este pan y bebáis este cáliz anunciáis la muerte del Señor hasta que Él venga. Así, pues, quien come el pan y bebe el cáliz indignamente será reo del cuerpo y de la sangre del Señor… el que sin discernir come y bebe el cuerpo del Señor, se come y bebe su propia condenación” ICor. 11,17-29. Y algo que debe hacer reflexionar a los cristianos de sola fe es que ellos, que tanto repiten en capítulos y versículos lo que les conviene, silencien ese ágape /eucaristía para los católicos/. Si los Evangelios hablan de la última cena en donde Cristo consagra el pan y el vino, y los Apóstoles vivieron este acto de transmutación / “Este es mi cuerpo…Este es el cáliz de la nueva alianza”/, Pablo no se queda en menos: “Porque yo he recibido del Señor lo que os he transmitido: que el Señor Jesús, en la noche en que fue entregado, tomó el pan…” Idem, 11,23. Pablo, pues, tuvo revelación, muy en ventaja a nosotros que hemos recibido la eucaristía por la tradición. Por lo que ningún cristiano de nuestros tiempos tienen moral para negar lo que vivieron los Apóstoles ni Pablo /por revelación/. “¿…en tan poco tenéis la Iglesia de Dios?” Idem. 11,22. En los albores del cristianismo era fácil recurrir al ágape en familia, partir el pan y consagrar el cáliz, pero después, cuando se multiplicaron los cristianos, la Iglesia, comunidad de Cristo, en su justo derecho decidió usar el templo, pues ya no se trata de diez o veinte personas, sino de cientos, y vino la modificación de la llamada “eucaristía”. Y siguiendo los años y los siglos pasó a ser objeto de liturgia eclesiástica. La Teología se encargaría de introducir concepciones y cambios. Concepciones y cambios que posteriormente, con la Reforma y Contrarreforma, se agudizarían, y, parte del cristianismo aceptó la presencia de Cristo en la eucaristía, y parte diría que se trataba tan sólo de una representación del “haced esto en conmemoración mía”. Así hemos quedado los dos bandos del cristianismo. Unos que sí; otros que no. A mi entender, por la fe recibida en las Escrituras, en Cristo había más que poder para transmutar el pan y el vino en su cuerpo y en su sangre: “ En aquel tiempo, los once discípulos marcharon a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Y al verle le adoraron; algunos sin embargo dudaron. Jesús se acercó a ellos y les habló así: “Me ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra. Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándoles a guardar todo lo que yo os he mandado. Y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” Mt 28,16-20. Yo, Manuel, más que seguir a ciegas una tradición religiosa, veo con otros ojos, que no con los acomodaticios de intereses doctrinarios, ritualistas y dogmáticos, el hecho de que a la ‘Santa Cena’, se le llame “ágape o eucaristía”. En mi medio ambiente religioso, al primitivo “ágape” se le da el nombre de misa-eucaristía, ambas cosas en una. Y se consagra ‘el pan y el vino’ y recibimos en estas especies realmente el “Cuerpo y Sangre del Señor Jesucristo”. Si alguien, alardeando de su sola fe no cree en esto, yo, repito, sí creo en Cristo y en el poder que Él tiene de estar con nosotros /sus discípulos, pues todos somos discípulos directos o indirectos en Cristo/ en el ‘Pan y el Vino consagrados’. Y si al caso vamos de que los de sola fe, y a su solo entender o conveniencia, no lo aceptan así, sepan que en Cristo soy libre, y que en Cristo, en mi fe, me hago discípulo de Él acogido a sus palabras y a su poder de transformar el ‘pan y el vino’ en su Cuerpo y en su Sangre; y que esto que acepto y recibo aquí en la tierra, también queda aceptado y recibido en el cielo. Si “cuantas veces hiciereis esto, hacedlo en conmemoración mía”, yo también tengo poder en Cristo, por el don que el Padre me ha dado de poseer mente, libre albedrío, voluntad y fe, para transmutar sus palabras en la verdadera intención que Él manifestara en la ‘Santa Cena’: En su real Presencia. Y es más, si en soledad me hallare, apartado de mi comunidad cristiana, en las mismas condiciones que he expuesto yo me bañaría en la Presencia de mi Dios, mi Señor Jesucristo, conmemorando sus palabras /“haced esto en memoria mía”/, y tomaría el pan y el vino, y los bendeciría, y los comería y bebería. Y me haría con Cristo un solo cuerpo y una sola sangre. Tal es mi fe y mi convicción. Porque la Presencia de Cristo no la puedo borrar de mi mente ni de mi corazón. Cristo vive en mi; yo vivo en Cristo. Y cuando me acerco a este ‘ágape moderno’, a este ‘Pan y Vino’, a la Hostia consagrada y ‘comulgo’, vibra todo mi ser, la Presencia del Cristo me consume en gloria, me transporto a dimensión celestial. Si alguien, haciendo uso de su libertad no cree en la ‘transmutación del pan y del vino en el Cuerpo y en la Sangre del Cristo’, libre es también de no creerlo, y que tampoco Cristo dijo en aquel momento que se condenaría quien no aceptare sus palabras /”mi Cuerpo…mi Sangre”/. La fe en las cosas de Dios no se impone. La fe nace y se hace convencimiento en quien ve con los ojos del alma. Jesús repite constantemente: “Quien cree en mí”. Y especifica esta creencia: “Todo el que ama la verdad, escucha mi voz” Jn. 18,37. Y la verdad está a nuestro alcance /”buscad y hallaréis”/. Y buscando el sentido de las palabras del Cristo, la respuesta nos llega infaliblemente. Yo, por gracia de Arriba, que no mía, he tenido esta dicha de amar la verdad y de encontrar a Cristo. Y a quien no haya tenido esta dicha, Jesús también le dice: “Pedid y se os dará”. En la edición bíblica, Madrid 2008, Sociedades Bíblicas Unidas, traducción interconfesional, está muy claro el sentido que Jesús da a sus palabras en la ‘Santa Cena’: “…tomó pan, bendijo a Dios, lo partió y se lo dio a sus discípulos diciendo: Tomad, comed: esto es mi cuerpo. Tomó luego en sus manos una copa, dio gracias a Dios y la pasó a sus discípulos diciendo: Bebed todos de ella, porque esto es mi sangre, con la que Dios confirma su alianza, y que va a ser derramada en favor de todos para perdón de los pecados…” Mt. 26, 26-28. En esta versión está lo incomprensible para quienes teniendo entendimiento no entienden o no quieren entender: “esto es mi cuerpo”, “esto es mi sangre”. Así me lo dan las Escrituras, así ‘lo como y lo bebo’. Y si otros no lo creen o no lo entienden, no por ello yo dejo de creerlo y entenderlo, y aceptarlo. Y cuando lo considere a bien /“haced esto en conmemoración mía”/: ‘comulgar’. No dejarán de salirme al encuentro ‘absurdidos’ que me critiquen y censuren argumentando que hay cosas más importantes en el mundo de que hablar, o de que yo pertenezco a la “ramera” o a la “bestia, etc.; o que, desde mi misma comunidad eclesial, me tilden de” loco”, e incluso como uno de nuestros clérigos recientemente me dijera despectivamente: “Tú eres un excéntrico que te estás promocionando para santo”. ¡Como si los santos tuvieran que promocionarse! Los santos se hacen en la virtud, en la humildad, en el sacrificio y entrega a Dios. Yo de esto todavía no piso ni el primer peldaño. Sólo doy gracias a Dios por haberme traído a esta vida y por conocerle a través del que es: “el Camino, la Verdad y la Vida”, su Enviado, su Hijo, El Cristo. “Camino, Verdad y Vida” que me glorío en seguir. -véase: http://nuevaeducacioncosmica.blogspot.com/ Tal vez haya cosas importantes en el mundo. Pero a través de mi ‘arrebato cósmico’, 16 de Junio de 1979, por virtud de Arriba y no por méritos míos, estuve, como hemos referido del Apóstol Pablo, en una especie de “tercer cielo”. Y desde entonces, aprendí a poner cada cosa en su sitio, sin que haya para mí cosas más importantes o menos importantes en el mundo /”…dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”/ Mt. 22,21. La sabiduría, la verdad y la luz vienen de Arriba; el absurdo y la mentira los fabrica el hombre aquí abajo. Y Cristo nos invita a mirar hacia Arriba. Recordemos sobre esto mismo cuando Jesús le dijo a los Apóstoles: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo? Tomando la palabra Simón Pedro, dijo: Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo. Y Jesús respondió: Bienaventurado tú, Simón Bar Jona, porque no es la carne ni la sangre quien eso te ha revelado, sino mi Padre, que está en los cielos” Mt. 16,15-17. Y ya que hablamos de Pedro y de , a la santidad somos llamados en la Biblia. Pedro nos dice: “…conforme a la santidad del que os llamó, sed santos en todo” I Pedro, 1,15. Y esto predicho en el Antiguo Testamento: “Sed santos, porque santo soy yo, Yavé, vuestro Dios” Lv. 19,3. De manera que hasta ‘promocionarse para santo’ sería válido. Y el que se promociona para algo, somete toda su vida a ese algo. Pero para tener este temple hay que hacer méritos y dejarse guiar por la sabiduría Divina, y no por nuestras jactancias, y estar sin contar segundos en vigilancia permanente y no dormirnos para no ser amonestados por el Señor: “Velad y orad para no caer en tentación; el espíritu está pronto, pero la carne es flaca” 26,41. Jesús sometió a sus discípulos a esta prueba. Pero los discípulos fueron limpiados por el mismo Señor: …“Vosotros ya estáis limpios, gracias al mensaje que os he comunicado” Jn. 15,3. ¿Y cómo no iban a estar limpios los Apóstoles, menos uno que él mismo se embarró, si hasta el Maestro les lavó los pies? Yo, aunque redimido por el Señor, todavía ando por caminos tortuosos manchando al menor descuido no sólo mis manos y mis pies, sino mi alma. ¡Y cuántos descuidos no tengo en mi vida diaria! De mi parte me queda aún mucho trecho para promocionarme para santo. Seguiré poniendo lo que esté a mi alcance para, como decimos en ‘Clave 9’, estar en ‘armonía conmigo mismo, con mis semejantes y con todo lo demás’, que es el equivalente de cumplir con el Primer Mandamiento de la Ley de Dios implorando sí la misericordia, el perdón y la gracia de mi Dios, cuya morada debe ser el fin de todo ser humano. Morada cuya puerta de entrada está dentro de nosotros mismos, como nos lo dice Jesús: “...el reino de Dios está dentro de vosotros” Lc. 17,21. Mas ¿¡qué de grandes no seremos en el amor del Padre, “…que envió a su Hijo unigénito, para que todo el que cree en Él no se pierda, sino que tenga vida eterna!?” Jn. 3,16. Sin olvidar la paz del Señor cuyo gozo lo podemos comenzar desde aquí desde la tierra: “La paz os dejo, mi paz os doy; no como el mundo la da os la doy yo” Jn. 14,27. ¿Quién, cuando el oficiante dice “daos la paz del Señor”, no siente aleluya, alegría en su alma? Los rostros de los participantes se hacen crísticos, la emoción recorre venas, arterias y capilares. Hasta el templo se ilumina con la paz del Señor, como si los ángeles estuvieran revoloteando sobre los fieles. Una prueba de que el Señor, aunque no hayamos conseguido la santidad, nos asiste en espera de recibirnos un día en su Trono Celestial. ¡Aleluya! Sigamos con tal como yo, en mis deseos de amarle y de testimoniarle, las veo. Al tiempo que respeto cualquiera otra visión que difiera de la mía, y la mía es fe de convicción propia, y hasta de vivencia, como la de Pablo Apóstol:” “No me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído, y estoy seguro que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (II Ti. 1:12). Simplemente hago un retrato de lo que se mueve en mi mente y a mi alrededor. Y pido disculpa si a algún hermano he ofendido: “Confesaos, pues, mutuamente vuestros pecados y orad los unos por los otros, para que seáis curados. La oración ferviente del justo tiene mucho poder” Santiago 5, 16. 

PARTE V: Hasta aquí hemos tenido un encuentro tocando el absurdo, la fe como única exigencia de salvación y la fe acompañada de obras. Ahora procuraremos sacar a escenario no sólo la fe, sino también la inteligencia /”intellige ut credas; crede ut intelligas” de San Agustín/: Entiende para que creas – cree para que entiendas. Allá hemos anotado la importancia que el Apóstol Pablo daba también a la mente: “…que os transforméis por la renovación de la mente, para que procuréis conocer cuál es la voluntad de Dios, buena, grata y perfecta” Rm. 12,2. Y la voluntad de Dios es fundamental en las orientaciones que nos da El Cristo:”…no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” Jn. 5,30. Y acogernos a la voluntad del Padre es salirse de los “pares de opuestos” /de las atracciones, intereses, mentiras y concupiscencias de este mundo/ y aprender a ser libres. La gente teme a la voluntad de Dios pues conceptúa esto como un atarse en el absurdo, cuando el absurdo es lo contrario: desviarse de la voluntad del Padre que, como lo dijera Pablo “es buena, grata y perfecta”. Y si es “buena, grata y perfecta” debemos acogernos a ella como lo hizo el mismo Cristo aun en lo más difícil y doloroso de su misión /entregarse a su pasión y muerte en cruz/: “Padre, si quieres, aparta de mí este cáliz; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya” Lc. 22,42. ¿Y cuándo sabemos que es de la voluntad del Padre lo que pensamos, decimos o hacemos? Sólo sabemos por Jesús que al Padre le agrada que hagamos su voluntad, como Él nos la ha dicho /”no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió”. Él sí sabía cuál era la voluntad del Padre, porque él decía y hacía todo lo que oía del Padre. ¿Y nosotros? Nosotros pareciera que quedamos a oscuras, sin saberlo nunca. Y Jesús nos insiste: “No todo el que dice: ¡Señor, Señor! Entrará en el reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre, que está en los cielos” Mt. 7,21. Pero nosotros también lo podemos saber. Unas de las respuestas a esa inquietante pregunta las podríamos tener en: “Por los frutos, pues, los conoceréis” Mt. 7,20; “Aquel, pues, que escucha mis palabras y las pone por obra” Mt. 7,24; “La verdad os hará libres” Jn. 8,32… ¿Y quién no sabe cuándo obra en verdad o cuándo obra en mentira? ¿Quién no sabe cuándo obra con bondad o con malicia? ¿Quién que cumpla con el Primer mandamiento a plenitud /”Amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a sí mismo”/ no se siente feliz de haber obrado bien. En estas cosas y muchas más se refleja la voluntad del Padre. Y nosotros mismo podemos dar la razón a Pablo cuando dice que “la voluntad de Dios es buena, grata y perfecta”. Buena, porque Dios, como Padre no nos va a incitar al mal. El buen hijo comprende esto de su Padre, como Jesús. Grata, porque el que ama a su Padre sabe que le corresponde con bondad. Y aquí la misma Ley de Correspondencia establecida por el mismo Dios se encarga de darnos la respuesta en sabiduría y luz de Arriba. Perfecta, porque en Dios ni sospecha de imperfección /malas intenciones, venganza, trampa, etc./. Dios su voluntad mana al mismo tiempo que su amor. Tales son las reflexiones de paz para nuestra alma, cuando además de la fe /“crede”/ ponemos mente /“intellige”/ “pidiendo, buscando y al final, sin interponer la duda en nuestro pensamiento, hallando”. Las cosas de Dios, aunque una es la mente de Dios y otra la de los hombres / "Porque no son mis pensamientos vuestros pensamientos, ni vuestros caminos son mis caminos - oráculo de Yahveh " Is. 55,8 / las deduce cualquier mente “renovada” /Pablo/ inspirada en el amor y en la justicia. Sólo los aberrados de pensamiento osan en la ciénaga del mismo absurdo /“hacen lo contrario a la razón”/. Resumiendo: “Buscad, pues, primero el reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se os dará por añadidura” Mt.6,33, y nos sentiremos vestidos y sin preocupaciones como “los lirios del campo”. Tal es la complacencia del Padre para quienes le aman, guardan sus Mandamientos, y aman a su Hijo predilecto poniendo en obras su enseñanzas. Y repetimos algo del Primer Capítulo “la fe sin obras es muerta”. Y de nuevo recuerdo a Pablo en su “sola fe sin obras”, al tiempo que pareciera contradecirse, así lo estimo, cuando dice: “…en Cristo Jesús ni vale la circuncisión ni vale el prepucio, sino la fe actuada por la caridad” Gál. 5.6. En todo este capítulo hay referencias a actuar en caridad. ¿Y acaso la caridad no se mueve en las obras? Para algo tenemos la mente. Y la fe es una proyección de la mente. ¿Y por la mente en tal proyección no llegamos al convencimiento de que tenemos espíritu, sin haberlo visto; de que venimos de Dios, de un Hacedor, sin haberlo visto; de que Cristo es el Hijo de Dios /transmitido por las Escrituras como ente histórico, como realidad/ sin haberlo visto? Por la mente todo lo podemos justificar, hasta de dónde venimos, qué hacemos aquí y adónde vamos. Razón, pues, doy de mi parte a San Agustín en su “crede ut intelligas; intellige ut creadas”. Con la sola fe podríamos ser manipulados por otros más astutos que nosotros y fanatizarnos. Cierto es que Jesús, si bien habla de la fe, no niega la mente: “ ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo?” Lc. 12,57. ¿Y con qué vamos a juzgar lo justo? Quedarnos a solas con la ‘fe’ es como decir que con los pies. El hacedor nos ha dado un instrumento my eficaz y único en este planeta para saber juzgar: la mente. La mente es el tablero de control de nuestra nave /el cuerpo/, la cual se nos ha sido dada para que atravesemos esta dimensión de tinieblas con rumbo certero. Nuestro ser tiene un piloto aun más efectivo que el automático de la mente. Automático que, cuando caemos en sueño o en trance mental, o en shock, él brinda confianza al ‘yo’, piloto de comando central, porque, a la hora de entrar en vigilia, el suministra en pantalla, a través de la memoria, todos los datos que el Piloto debe seleccionar o escoger para seguir adelante. El auténtico piloto, el capitán de comando de la nave, es el ‘yo’ /no el llamado ‘ego’ de la psicología y del esoterismo/. El ‘yo’ lo defino como . Él es el responsable absoluto de lo que acontezca a nuestro ser. Y tan responsable como que corre la misma suerte que el ser que lo sustenta, y ambos son inseparables, porque constituyen una unidad consustancial. De tal manera que el ‘yo’, en función del mismo ser, habla de sí como el poseedor de todo, y se pronuncia: mi cuerpo, mi mente, mi espíritu, mi ser… De manera que no venimos a este mundo tan desprovistos de equipo: ni para emitir ‘juicios de justicia’, ni para soslayar los miles de obstáculos que se interponen en nuestro transitar existencial. Pero sí puede suceder que en el tablero mental, producto de lo físico o del psíquico, se produzcan fallas /defectos físicos o psíquicos/. Si esto sucediera, el ‘yo’ no tendría responsabilidad en el viaje por esta dimensión sensible, salvo que deliberadamente él hubiera contribuido a ser sujeto agente de tales defectos o enfermedades. Por eso es que los inocentes, vuelven al seno del Padre en estado angelical; que no al llamado ‘limbo’. Todos salimos de la casa del Padre en calidad de ángeles a esta dimensión. Mas si en los ángeles hay un estado de pureza y de gloria, en esta vida, óigase bien, todos lo traemos por igual /justicia de Dios/. ¿Pero, entonces, y la condenación o salvación de qué depende? Habría que aclarar en luz de Arriba eso de ‘condenación, de fuego eterno, de infierno, etc.’. A Usted como padre sapientísimo y amoroso, o como madre sapientísima y amorosa, ¿se le iba a ocurrir enviar a su hijo o su hija a un territorio desconocido teniendo que atravesar un mar borrascoso y tenebroso sumamente propenso al naufragio y muerte? De seguro que no. ¿Entonces, qué esto todo esto de salvación y condenación? Quizás Jesús entre las cosas que dijo y que no nos han llegado a nosotros explicó en qué consistía realmente la salvación y la condenación, y no faltaría quién le preguntara sobre tema tan delicado /”Muchas otras cosas hizo Jesús, que si se escribieran una por una, creo que este mundo no podría contener los libros” Jn. 21,25/. Por otra parte sabemos que, en relación a la ‘resurrección de los muertos’, Jesús, en referencia a Moisés, dijo: “Dios no es Dios de muertos, sino de vivos, porque para Él todos viven” Lc. 21,38. Es más: “Porque tanto amó Dios al mundo /¿y no nos va a amar, si somos manación de su amor?/, que le dio su unigénito Hijo, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga la vida eterna; pues Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para que juzgue al mundo, sino para que el mundo sea salvo por Él” Jn. 3,16-17. O sea, todo el que siga sus directrices, vuelva sano y salvo a la casa del Padre, y algo más: no sólo en el estado angelical en que fuimos enviados, sino en superación angelical, pues invitados estamos por el mismo Cristo /”Camino, Verdad y Vida”/ a que seamos perfectos como el Padre celestial es perfecto. Yo respeto las Escrituras y las opiniones de mis otros hermanos cristianos. Pero en mi mente, que es lo único que tengo a mi alcance para dar justificación a mi vida, no cabe el concepto de de condenación eterna, aunque las Escrituras lo traduzcan en “id malditos al fuego eterno”, “pagarán hasta el último ochavo”, “donde ni la paja se apaga ni el gusano se consume”… Mi mente me proyecta a Cristo como al Dios del amor que se hizo carne como uno de nosotros para orientarnos /”salvarnos del pecado”/ del desvío /”pecado”/ en que por mal uso de la razón hemos caído desde los albores de la Humanidad. Nuestros ancestros “comieron del fruto prohibido”, es decir desobedecieron a la Ley de Dios impresa en sus conciencias y “se sintieron desnudos”, habían perdido la inocencia, su estado angelical; había afeado su imagen /”imagen de Dios”/ y se ensoberbecieron y desafiaron en prepotencia a su Hacedor. Así hasta el día de hoy. Con una diferencia a partir de Cristo, que Él se nos hace “Camino, Verdad y Vida”, para que, quien “reciba sus palabras y las ponga por obra no perezca”, sino que vuelva en perfección al Paraíso que lo vio nacer, a la casa del Padre; para que regrese al Padre perfeccionando el estado angelical que le fue dado en su origen. ¿Qué más queremos? Ahora bien, quien no siga ese “Camino, esa Verdad y esa Vida”, y esté en ignorancia, desconocimiento de ello, sólo la justicia divina tiene la sabiduría para juzgar. Si por el contrario, en conocimiento se resiste a aceptar esta Presencia Divina y proceda según abominaciones salidas de su corazón /en absurdo de los absurdos, sabiendo discernir entre lo bueno y lo malo/, de seguro que las sentencias bíblicas sobre el “infierno” se le han de cumplir. Por sólo ‘Ley de Correspondencia’ y por ‘Ley de Causa y Efecto’, e incluso por ‘Ley de lo Semejante atrae lo Semejante’, el espíritu, una vez salido del cuerpo va a su justo lugar: a un nuevo estadio existencial en el que su ser ha de experimentar el sufrimiento, que se le convierte en un nuevo estado de vida, lejos del que le correspondía tener. Así lo quiso; así lo tiene /”…Dios creó al hombre para la inmortalidad y le hizo a imagen de su naturaleza” Sab. 2,23. Cristo vino en manifestación de amor y de justicia a salvarnos de ese ‘sufrimiento eterno’. Eterno en proporción al daño que inferimos a nuestro propio ser al contravenir la ‘Ley Preestablecida de la Armonía Cósmica y Trascendental’.’ Ley’ de cuyo cumplimiento no hay excusas siempre que haya intervenido el libre albedrío. Sólo la inocencia es eximida por la misericordia y justicia de Dios. Y nadie podrá culpar a Dios de haberlo condenado. Jesús, en aquel día de la “resurrección de los muertos”, sólo tendrá que abrir sus brazos y los que obraron en ‘Ley’ “serán atraídos a su derecha”; en lamentación para otros que burlaron el sacrificio del Cordero, “obradores de iniquidad”, por la misma ‘Ley de Atracción de lo Semejante’ se irán solitos al lado izquierdo, al abismo que los distancia de lo que podría ser su gozo, la Presencia Divina. Dicha eterna y/o condenación eterna. Eterno en sentido opuesto a lo temporal. Allá no hay medición de tiempo. Aquí los premios o castigos se dan en medición de tiempo: milenios, siglos, años, etc. Allá la moneda es eterna. “Carísimos, no se os caiga de la memoria que, delante de Dios, un solo día es como mil años, y mil años como un solo día” IIPd. 3,8. De seguro que, Pedro, siendo un hombre rudo, en gracia de Arriba estuvo asistido en muchos pasajes bíblicos, y por ende que nos dé esta noción de lo que tenemos por tiempo ‘acá y allá’. Dios no tiene prisa. Somos nosotros los interesados en asegurar la dicha eterna, y no por interés, sino por correspondencia de amor a nuestro Padre Celestial, que, si nos ha creado, no es para castigarnos, sino para que seamos lo más perfectos posible, semejantes a Él, sin límites de perfección traducida en gozo. Yo acostumbro a poner el ejemplo de una circunferencia, cuyo radio somos nosotros, y, en la medida en que aumentamos nuestro radio mental y espiritual, más grande se hace la circunferencia acercándose a Dios. La Presencia de Dios es nuestra felicidad eterna. Y sucede algo maravilloso en esta circunferencia que establecemos nosotros: a cada grado de perfección nuestra, un grado más de acercamiento hacia Dios, que por ser eterno e infinito en su Esencia Divina, jamás podremos abarcarlo. Y a esto es a lo que nos invita Jesús cuando nos dice: “Sed perfectos como el Padre Celestial…”. Estando todos aquí, nada se sabe del más allá. Sólo hay almas que han hablado de ciertas revelaciones, pero más nada se conoce. Pablo nos habla del ‘tercer cielo’. Yo de mi ‘arrebato cósmico’. Y desde que éste me sucedió mi mente se ha proyectado al menos a las fronteras del más allá y he percibido lo que muchos ni soñando alcanzan. Y por eso ‘mi fe y mi mente’ / “¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo”/. Y con mi fe y con mi mente me basta para no tener miedo, y sí vivir dando significación a mi vida: Hay un Dios; hay un hecho histórico, cual es la venida del mismo Dios hecho hombre; hay una muerte, que para mí es un hito de esta dimensión sensible a la dimensión luz, como un hito ha sido nuestro engendro, producido de y por elementos inferiores, para ser lo que somos ahora. Lo cual me lleva a convicciones, como he dicho, de que esta vida merece ser vivida conforme a dictámenes de racionalidad, en sinonimia de Libertad, de Justicia y de Amor, que no en apegos, intereses, hedonismo, perversiones que enajenen mi ser, o vanidades que me hagan perder el tiempo, o en elucubraciones fantasiosas del astral. Sí procuro poner ‘pies en tierra’ en todo momento. Y con integridad clamo mil veces al día y en la noche, cuando despierto, a Ese Gran Ser al que me debo en existencia. Y digo como el profeta:”Heme aquí”. Si nada en concreto se sabe del más allá, y nadie puede demostrarlo, salvo por revelación, la probabilidad es más fuerte que la posibilidad, aunque no tengamos la certeza, según nuestra mente, que para eso también la tenemos. El hombre no sólo es comer, dormir, embriagarse, cometer desmanes contra personas, animales, y contra la misma Naturaleza… Hay un pasaje evangélico acerca del ‘mendigo Lázaro y del rico Epulón’ que algo nos dice del más allá por labios de Cristo: “Sucedió, pues, que murió el pobre, y fue llevado por las ángeles al seno de Abraham; y murió también el rico, fue sepultado. En el infierno, en medio de los tormentos, levantó sus ojos y vio a Abraham desde lejos y a Lázaro en su seno. Y gritando, dijo: Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que, con la punta del dedo mojada en agua, refresque mi lengua, porque estoy atormentado en estas llamas. Dijo Abraham: Hijo, acuérdate de que recibiste ya tus bienes en vida y Lázaro recibió males, y ahora él es aquí consolado y tú eres atormentado. Además, entre nosotros y vosotros hay un gran abismo, de manera que los que quieran atravesar de aquí a vosotros no pueden, ni tampoco pasar de ahí a nosotros”. Son dimensiones distintas. Y allá la ‘Ley de Compensación’ impera con más rigidez que aquí en la tierra /lo hiciste, lo pagas; lo mereces, tu premio/. Según esto podemos decir que entre vivos y muertos es mentira que hay comunicación. El espiritismo estudia fenómenos que no se pueden tener sino como ‘paranormales’ / sueños, alucinaciones, sugestiones, etc. / y nada más, y personas que se denominan “médiums”, que sugestionan a quienes los consultan para obtener información sobre sus difuntos. Hasta ahora nada hay científicamente comprobado que pueda contradecir la parábola de Lázaro y del rico epulón. Pero, y me consta, porque lo he vivido y hasta con testigos, que ciertas personas en trance de muerte, antes de emigrar, visitan en espíritu a parientes, amigos, etc. Casos de estos hay muchos. Lo que no hay es ‘retorno’. Y eso de “reencarnación” se lo dejo a ignorantes, desconocedores del poder que las ‘castas privilegiadas’ han ejercido, y ejercen, sobre las de abajo. ‘Reencarnación’ lleva aparejado consigo misma el “karma”. ‘Karma’ que también es sustentado por los manipuladores de la ‘reencarnación’. Los de Arriba reencarnan siempre en dioses o en semidioses; los de abajo vienen a esta tierra a pagar ‘karma’, y reencarnan, y seguirán reencarnando, hasta que purifiquen su deslealtad a los dioses y semidioses del Planeta. En las corrientes espíritas y exotéricas son alimentadas muchas personas en estas teorías de la ‘reencarnación’. Yo me abstengo de compartir este criterio, pues lo tengo por ‘absurdo’. ¿Qué necesidad tengo yo de estar yendo y viniendo. ¿Acaso Dios es el cuidandero de un almacén de almas para estar seleccionando y mandando de nuevo a la tierra a las karmáticas? ¡Viveza de castas y de otros manipuladores de conciencias! Mas en relación a lo que veníamos diciendo sobre las personas que visitan a sus parientes o amigos antes de emigrar al más allá, y que es llamado este fenómeno “desandar”, yo tengo mi experiencia: Una noche, a eso de las 8, me estaba acostando, cuando de pronto una persona muy querida por mí se me presenta en espíritu y quería meterse en mi cuerpo. Aquello fue espeluznante para mí. Inmediatamente grité con fe: ¡Jesús, ahuyenta este espíritu! Me ericé por completo. Y es el momento en que suena el teléfono y le comunican a mi esposa que esa persona acababa de morir. Yo viví este hecho. Nadie me podrá decir que estaba sugestionado. Mi pensamiento lo tenía en un viaje que debía hacer a Barquisimeto. Mas alguien podría preguntar: ¿y acaso el espíritu se puede ver? Por lo que a mí me aconteció digo categóricamente que sí, pues el espíritu tenía consigo el halo un tanto transparente del cuerpo de esa persona. ¿Por qué supe yo que se trataba de esa persona de mi alta estima? Precisamente por la imagen /reflejo/ que bordeaba el espíritu. ¿Entonces, el espíritu es denso como la materia? ¿Y cómo, si el cuerpo estaba en la cama en casa de este amigo, agonizando o recién muerto, pudo penetrar las paredes de mi cuarto, pues la puerta la tenía cerrada? Ni puedo decir más ante la evidencia. El espíritu, aún con forma de cuerpo, puede penetrar la materia. Lo peligroso de estos casos es que el espíritu en tal condición se posesione del cuerpo mío y habite en él como un refugio. A este fenómeno se le conoce como “posesión”. Y ¡Dios nos libre de la posesión! Quienes saben del exorcismo pueden testimoniar del caso. Y, hablando de posesiones, mi esposa es testigo también, presenciamos una posesión de espíritu negativo en una joven que llevaron como endiablada a una Iglesia de Mérida. ¡Cuánto le costó al sacerdote, que la exorcizó, para que saliera el espíritu de aquella joven, que sostenida por varios hombres no podían contenerla, y blasfemando, con los ojos dilatados y echando torrentes de espuma por la boca! Dicho esto, no se trata ni de espiritismo, de ni creencias, ni de sugestiones, sino de vivencias reales y con testigos. ¿Cómo puedo yo poner en duda aquel espectáculo tan extraordinario, que se dio ante miles de personas, en la aparición de la Virgen de Fátima, por ejemplo, entra otras? Mucho menos tendría razón para dudar habiendo sido yo sujeto viviente de casos parecidos: ‘mi arrebato cósmico’, la revelación de ‘la Piedrita Cósmica’ anunciada por la Virgen y en presencia de varias personas, el ‘Meteorito’, expuesto en Barquisimeto, que me habló, fotos tomadas por mí con el rostro de Cristo, etc. Las ‘posesiones’ son hasta frecuentes. Hay personas, unas débiles, otras negativas y otras curiosas, que de por sí atraen /por ‘Ley de lo Semejante’/ las energías negativas que, como ondas electromagnéticas o cósmicas, nos andan merodeando. Por eso es que, como dijo Jesús, hay que estar ‘vigilantes y en oración’ para no dejarnos penetrar por otras entidades. Somos el templo vivo de Dios y debemos cuidarlo y defenderlo, como el mismo Jesús lo hizo cuando los mercaderes profanaban el Templo, la Casa de su Padre. Jesús lo hizo con el látigo de su poder. Nosotros lo tenemos que hacer con el látigo de la fe y de la oración, estando siempre alerta para que esas energías negativas /en palabras religiosas “diabólicas”/, que nos circundan y bombardean no se adueñen de nosotros. Del más allá habría todavía muchas cosas que decir. Alguien me preguntaba:” ¿Qué es el cielo? ¿Adónde está el cielo?”. Tal vez sean muchas las opiniones que se han dado sobre el cielo /ver páginas de internet/. La deducción que yo saco de las Escrituras es que el cielo es la morada de Dios, y que esa morada, la Casa del Padre: “En la casa de mi Padre hay muchas moradas; si no fuera así, os lo diría, porque voy a prepararos el lugar” Jn. 14, 2. Jesús nos da el cielo como un lugar. Pero no como un lugar de cuatro paredes. La moradas de Dios no tienen ladrillos, sino dimensiones, estadios y estados de gloria. Difícilmente podríamos hallar parangón aquí en la tierra; a lo sumo en el corazón de un amante y de una amante que mutuamente se embelesan en una única entrega, que los embriaga del néctar más preciado de la vida, del amor que se les revierte en felicidad. O sea, un estadio donde moran los amantes, a la vez que un estado de felicidad mutua en ambos seres. ¡Qué no será tener allá, en ese llamado cielo, poder de transmutar el amor a Dios en gozo, y el gozo en amor de Dios! ¡Cuánto no más recibir el amor y el gozo del Amante Eterno, Dios, Trinidad Santa! ¿Por qué en vez de gastar tiempo y energía en sandeces como el cielo o el más allá no inventamos fórmulas para una Humanidad mejor, en la que haya paz y bienestar para todos? Esto sería como repetir la tentación en que el Satán bíblico pretendió que cayera Jesús, sintiendo Éste hambre, después de su ayuno de cuarenta días y cuarenta noches: “Si eres hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en pan… /a lo que respondió Jesús/:No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” Mt. 4,3-4. Y las palabras que salen de la boca de Dios están escritas en la mente y en el corazón de los hombres de fe y amantes de la justicia, y por ende libres. Hombres / sin exclusión de género, raza ni edad/ que no sólo ponen su mente en las cosas de este mundo, sino que haciendo cuanto está en su haber y entender, no pierden de vista la finalidad para la cual hemos sido creados: ‘La vida eterna’. Hombres que como hemos dicho han aprendido a dar “al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”. Si lo de abajo vale, no olvidemos que es temporal; lo de Arriba vale mucho más, es eterno. No atender a estas dos necesidades /las de abajo y las de Arriba/ nos hace incompletos y como dijimos: ’absurdidos’, ‘lo contrario a la razón’, ya que si por la razón no podemos demostrar el más allá, tampoco por ella tenemos fundamento /’in re’/, como decían los filósofos preeminentes, para negarlo. No es mi intención filosofar, sino atenerme a mi misma vida, que involucra no sólo lo material, sino también lo espiritual y trascendental. Y me apego a “intellige ut credas; crede ut intelligas;”, y sigo en búsqueda de la solución a mis tres grandes incógnitas: ¿Qué hago aquí, de dónde vengo y adónde voy? Aquí, ya tengo conciencia de que estoy aquí y ahora. De dónde vengo, siendo complejo, lo he llegado a descifrar y no tengo dudas: Del ‘Hágase’ o mandato del Hacedor que, hecho devenir desde la primera manifestación de lo sensible, del átomo primigenio, en la evolución de las “aguas de abajo”, universo sensible, en algo también difícil de explicar: en la concomitancia de elementos sensibles con la energía preestablecida por el Hacedor, energía espiritual, impresa en la misma materia como un poder específico para conformar la entidad humana. Es decir, Dios imprimió en la materia la potencialidad de lo espiritual para hacernos así una especie a su “imagen y semejanza”, una especie con cuerpo y espíritu, y con un ‘yo’ muy bien confeccionado para atender, a través de la mente y de los sentidos, lo de abajo y lo de Arriba. Un ‘yo’ que en lo incalculable de los tiempos estoy aquí y ahora como dueño de mi destino. A dónde voy, deduzcamos de los argumentos que hemos expuesto: De regreso a la Casa del Padre, a la morada de lo eterno. Al menos yo estoy claro y consciente de que he logrado descifrar esas tres incógnitas. Y si algo necesitara más explicación, ¿qué soy yo?, esto último, siendo lo primero, también lo he dicho al hablar del ‘yo’. ‘Yo’ soy la voz hablante, agente y paciente de mi mismo ser. Y Mi ser y mi ‘yo’ somos una misma cosa: ‘Yo’. Lo demás es lo demás. Pero en conciencia de que me pertenezco a un ‘Todo Coexistencial’ y no como un ente aislado de la armonía universal y por supuesto trascendental, celestial. Y ya que estamos hablando del cielo, ¿cómo fue eso de la ascensión del Cristo? Lo único que nos dicen las Escrituras es: “Los llevó /a sus discípulos, se supone también que a su Madre, a María Magdalena y a otras mujeres de las que Le acompañaban/ hasta cerca de Betania, y levantando sus manos, les bendijo, y mientras los bendecía se alejaba de ellos y era llevado al cielo. Ellos se postraron ante Él y se volvieron a Jerusalén con grande gozo. Estaban de continuo en el templo bendiciendo a Dios” Lc. 24,50-53. Si algunos de los capítulos de la Biblia deberían despertar interés, sobre todo para nosotros los cristianos, es éste de la ‘ascensión del Cristo’; un capítulo de culmen a la obra del Mesías. Yo me transporto en este momento a aquel más que portentoso escenario donde la tierra se unía al cielo por las vibraciones cósmicas y trascendentales del Cristo, y aquello fue para enmudecer, para dejar atónito al mundo entero. Un cuerpo, como así lo creyeron quienes le dieron muerte de la manera más cruel y afrentosa de aquella época… Un cuerpo que después sale triunfante en vida del sepulcro…, y que ahora se levanta en gloria y majestad elevándose a los cielos. Pero una cosa: No se fue solo; “fue llevado”. ¿En qué fue llevado? ¿En nave, ovni? Por la revelación que yo poseo contenida en la ‘Piedrita Cósmica, ya mencionada, lo acompañaban corporalmente unos seres especiales, tal vez ángeles. Ahora bien, por lo que hemos visto anteriormente sobre el ‘desandar’ /espíritu con su halo humano/, esas presencias tipo corpóreas eran ángeles /y los ángeles se muestran en las Escrituras en forma corporal, al menos esta es la apariencia que dan/. Pero hay un pasaje donde dice Jesús: “En verdad, en verdad os digo que veréis abrirse el cielo y a los ángeles de Dios subir y bajar sobre el Hijo del hombre” Jn. 1, 51. No cabe duda que eran ángeles quienes se lo llevaron. Y algo novedoso y extradimensional: “veréis abrirse el cielo”. Aquel espectáculo de la ascensión fue otro como el de la ‘transfiguración’. En ésta vinieron Moisés y Elías, dos avatares cósmicos, y veamos algo más: “…tomó Jesús a Pedro, a Santiago y a Juan, y los llevó, aparte, a un monte alto. Y se transfiguró ante ellos: brilló su rostro como el sol y sus vestidos se volvieron blancos como la luz…, los cubrió una nube resplandeciente, y salió de la nube una voz que decía: Este es mi hijo amado, en quien tengo mi complacencia…, cayeron sobre su rostro, sobrecogidos de gran temor” Mt. 17,1-6. ¡No era para menos que el cielo se dejara ver desde la tierra y se oyera la voz del Padre en lenguaje inteligible para los hombres! Sólo una pregunta: ¿Sería esa ‘nube resplandeciente’ una de esas “nubes” /perfectas naves/ de Yavé Dios? ¿Y por qué esa figura de nubes /naves/ en toda la Biblia? ¿No mezcla esto lo celestial con lo cósmico de nuestro universo? ¿O es que Dios en sus infinitas formas de manifestarse a nosotros lo hace de esta manera más sensible a nuestro ver, oír y entender? ¿Acaso hemos salido de la materia para comprender lo puramente celestial? El caso es que la Biblia está llena de este fenómeno, que yo lo conceptúo como he dicho: la manera más sensible y asequible para que, desde nuestra naturaleza humana tan limitada, podamos comprender algo de Dios. Y como dice el refrán: lo cortés no quita lo valiente. ¿Qué le restaría esto al Poder Divino? ¿Acaso el mismo Dios no tomó forma humana para compartir sus grandezas con nosotros? Retrocedamos al escenario de la ‘transfiguración’. Jesús viendo en pánico a sus apóstoles ante aquel fenómeno inimaginable para ellos, hombres de pueblo, “se acercó a ellos y tocándolos, les dijo: Levantaos, no temáis” Mt. 17,7. Jesús venía de allá. Y viniendo de allá y estando acá se ‘transfiguró’, algo así como si se desdoblara en su verdadera presencia de gloria. ¿Quién no se va a sobrecoger? Él sabía que, aunque se maravillaran y hasta se escandalizaran de las cosas que Él les decía, que no estaban en capacidad de introyectar en sus pobres mentes estas cosas, que hacían temblar al mismo Moisés, y hasta se tapaba su rostro, cuando se acercaba la “nube de Yavé”. Y Jesús, en relación a esto, les llegó a decir: ¿Pues qué sería si vierais al Hijo del hombre subir allí adonde estaba antes?” Jn- 6, 62. Y ese momento se dio /’la ascensión’/. Y ese momento tuvo que ser de proporciones tales, que ni el mismo evangelista estaba en capacidad de describirlo. Simplemente los Apóstoles “se postraron ante Él”… Pero algo más sublime y trascendental tuvieron que ver y experimentar, aunque no lo cuente el evangelista, cuando “se volvieron a Jerusalén con grande gozo”. Ahora bien, si todo aquello aconteció hace dos mil años, ¿cómo nosotros vamos a tener idea clara de aquellos fenómenos extradimensionales, sin haber estado presentes, cuando otros humanos como nosotros viviéndolo en carne propia no lo entendían y sentían miedo? Las cosas de Dios, no obstante, son las cosas de Dios, y en estas cosas está la gracia del mismo Dios que, a través del mismo Cristo, se nos da para que con la proyección de la mente, con la fe, asimilemos aquella misma realidad. Fe que no es una aceptación doctrinaria. Fe producto del entendimiento, de la razón trascendental, que no de la simple razón entretenida en cosas de este mundo. Fe de “intellige ut credas; crede ut intelligas”. Y en esta misma fe es que bebo de la sabiduría, del “agua viva”, del Cristo, y me alimento del “Pan bajado del cielo”, Cristo. Bebo y como de lo que otros se escandalizan. Y bebo y como de este manjar, porque en ello mi ‘yo’ encuentra, repito una vez más, la justificación de su existencia. De lo contrario sería un repetidor más de recetas pre fraguadas: que si el pecado, que si la condenación, que si ‘ritos y más ritos’, etc. Y esto dentro del cristianismo. Fuera del cristianismo no hallo sino fe, cómo no, pero en doctrinas y en tradiciones que no me convencen, no llenan mi espíritu: unos, que aman a Dios y a sus profetas, y sostienen el absurdo: diz que amando a Dios, se autorizan a sí mismos para seguir la ley del ‘Talión’, “Ojo por ojo y diente por diente”, y mutilan, lapidan, ahorcan, fusilan, etc. a sus semejantes por actos que, según tal fe o creencia, consideran ‘pecado, ofensa a Dios o a los dioses’. Varias culturas han practicado y practican dicha ‘ley’. Jesús, El Cristo, cambió esta ‘trágica ley’ por la ‘ley del amor’:”Sabéis que se os dijo: Ojo por ojo y diente por diente. Pero yo os digo: No recurráis a la violencia contra el que os haga daño” Mt. 5,38-39. “Amad a vuestros enemigos y orad por los que os persiguen. Así seréis verdaderamente hijos de vuestro Padre que está en los cielos, pues Él hace que el sol salga sobre malos y buenos y envía la lluvia sobre justos e injustos. Porque si solamente amáis a los que os aman ¿qué recompensa podéis esperar? ¡Eso lo hacen también los publicanos!” Mt. 5,44-46. A esto es que llama Jesús “poner la otra mejilla”. Esto es tener entereza de cristiano de verdad. Esto es dominar la materia por ley del espíritu. Esto es lo que justifica. Esto es lo que hace santo sin escrúpulos de “pecados”. Dios entre nosotros, El Cristo, convivió con nuestras flaquezas, y que es imposible decir “yo no tengo pecado”, y aunque Él como Dios no cometiera pecado, por ser su naturaleza divina, sintió de cerca el aguijón de la tentación como hombre y se tenía que retirar al desierto, a la soledad y sequedad extrema, para hablar con el Padre y venir fortalecido para enfrentar su lucha contra el mal, y a favor de nosotros. Si esto no hubiera sido así, habría que borrar el Capítulo 4 de Mateo. Jesús en su retirada al desierto sintió hambre, y no menos el impulso de su carne de convertir las piedras en pan. Mas venció, y en esto nos da ejemplo de resistencia y fortaleza, para que lo sigamos como al “Verdadero Camino”; los apetitos de su carne fueron doblegados por voluntad propia, y no utilizó el facilismo, pues poder tenía, para hacer pan de las piedras. Aquí Jesús no enseñó también a “poner la otra mejilla”. El llamado “diablo”, las fuerzas negativas, que a todo momento nos acechan, fueron destruidas por Jesús. Jesús vivía en y por la palabra de su Padre, de Dios. De aquí también que dijera: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” /dicho anteriormente/. Voluntad tenemos para decir sí o no. Así, mi mente concibe ese feliz desenlace que tuvo Jesús frente a la tentación. Y “Nadie acosado por la tentación tiene derecho a decir: ’Es Dios quien me pone en trance de caer’” Snt. 1, 13. “Confía en el Señor y haz el bien, habita esta tierra y sé fiel… El Señor conoce la vida de los buenos y su herencia durará por siempre. No serán defraudados en tiempo adverso, en tiempo de hambre quedarán saciados” Sl 37, 3-19; promesa de Dios. ¡Y qué ejemplarizantes la actitud del Señor Jesús, aun en medio del abandono en que lo dejaron sus discípulos en el Palacio de Pilato! Y qué confortantes sus palabras antes de que esto sucediera: “…confiad: Yo he vencido al mundo”. Y lo venció cumpliendo a cabalidad la voluntad del Padre. Nosotros, repito, ayudados por su gracia y por su ejemplo, también podemos “vencer al mundo”. 

PARTE VI: Hemos reconfirmado mi fe en Cristo y en su promesa del más allá. Ahora comenzaré por lo primero según las Escrituras: por el “pecado”. Quien quiera salir con la cabeza caliente y los pies fríos que se ponga a reflexionar sobre el pecado en Las Escrituras, sobre todo en las teorías del Apóstol Pablo. Sea el lector quien examine estas cosas y saque su propia interpretación. De mi conclusión está que pueda ser que yo esté equivocado y no tenga don de interpretación. El pecado comienza, según todos los llamados “autores sagrados”, con Adán y Eva. Hay quien lo atribuye primero a Eva y después a Adán, siguiendo la lógica de la narración del Génesis. Y es muy raro encontrar definiciones concretas en la Biblia de lo que es el pecado; sólo por deducciones se infiere en qué consiste. Quizás Pablo sea el más explícito, al tiempo que es el que más enreda, pues no llega a una síntesis de sus elucubraciones, salvo que el pecado muere con la carne, haciendo alusión a que con la muerte de Cristo desapareció también el pecado. Pero Pablo ve pecado hasta en la sopa después de la resurrección de Cristo. ¿Entonces? Con decirnos que por un hombre vino el pecado al mundo y que por un hombre fue borrado el pecado, no me satisface, porque después sigue con pecado y Ley, y con Ley y pecado; y tan pronto el pecado se da por la Ley, como que somos reos en nuestro interior de pecado. En fin, sea el lector quien a sí mismo se aclare esto en las páginas de Pablo. Mi criterio sobre Pablo ya lo he expuesto: ‘Un avatar de avatares’ en la fe y el amor a Cristo, desde el momento en que camino de Damasco, cuando se dirigía para exterminio de cristianos, cayó del caballo su instinto criminal ante una potente luz y una voz que le dijo: “Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?” Hch- 9,4. El caballo de su perfidia y prepotencia lo derribó por tierra. Había nacido el hombre nuevo. Para mí el hombre de la fe y del amor, e incansable en la acción; el hombre, que, aunque yo no lo entienda en algunos de sus planteamientos, por considerar a éstos contradictorios, se ha hecho digno de su santidad: “Sed santos”. ¿Pero qué ha pasado en la comunidad cristiana /de todos los bandos/ con tantos enredos como se han creado dentro de ella, sobre todo en cuanto a la liturgia tan embrollada que se han inventado, tanta pomposidad, y fastuosidad al fin? ¿Se habrá desviado el curso del Mensaje del Cristo? ¿Por qué a estas alturas del tercer milenio todavía con el cuentecito del pecado? ¿Qué papel jugó, entonces, la Presencia de todo el Dios Todopoderoso en el Planeta, su sacrificio, su resurrección y ascensión a los cielos? Y con esto no invito a protestas ni a divisiones; sí a que tomemos conciencia del Mensaje que nos presentó el Cristo. El Mensaje y su sacrificio; y no menos su demostración de poder como verdadero Dios. Yo no me declaro en contra de los hermanos encargados de transmitir el Mensaje y de cuidarlo, alimentando con esto al rebaño del Cristo, y en el que somos todos en jerarquía de igualdad: “…el mayor entre vosotros será como el menor, y el que manda como el que sirve” Lc. 22,26. No somos ovejas de “asalariados”, sino hermanos todos en Cristo; discípulos todos, como hemos dicho, en jerarquía de igualdad /en derechos, en obligaciones, en el amor, etc./. Esto se ha pasado por alto a través de los siglos. Sólo relucen los consagrados en cúpula, cuando la verdadera cúpula nombrada por el Cristo, Pedro, dio ejemplo de sencillez y de humildad, y de no imposiciones, aunque sí pendiente de la observancia del Mensaje encomendado por el Maestro. He dicho , porque apenas se le da importancia a cómo consolidar en el amor y en el espíritu de trascendencia a todos los hermanos, sino a ritos y más ritos, cánones y más cánones… Algo está fallando en quienes asumen la dirigencia cristiana que, habiendo tantas iglesias, el mundo esté cada día más perverso. ¿Sobre qué descargan sus baterías las dirigencias cristianas? Ceremonias y más ceremonias. La comunidad cristiana como tal no juega ningún papel en el mundo, habiendo tantos millones de cristianos. El sexo, la droga, el divorcio, el crimen, el latrocinio, etc., se está apoderando hasta de los mismos cristianos. ¿De dónde salen las mafias de drogas, de armas, de perversión sexual, el crimen organizado, etc.? La mayoría de esos hermanos que desvían sus conductas suelen ser cristianos o proceden de algún otro credo religioso. Da la sensación como que la “sal” a que se refería el Cristo se utiliza para otros guisados que no para sazonar a la comunidad cristiana en la ley del amor y en la verdadera conciencia de lo que significa ser cristiano y nuestra responsabilidad en el mundo. Las prédicas no están bien enfocadas; dan mayor importancia a las ceremonias, repito. La finalidad del Mensaje del Cristo, santificado con su obra, es más profunda y requiere otro cuido por parte de los ‘pastores’. Y en este cuido hay que inventar fórmulas que alimenten más y mejor la mente y el corazón de los feligreses, y que éstos se formen en conciencia clara de lo que significa seguir a Jesús. Ni el dinero, ni la arrogancia, ni los rituales intrascendentes van a lograr así que, como cristianos, llevemos la bandera de la Libertad, de la Justicia y del Amor como salvación no sólo de nosotros, sino de la Humanidad entera, cuya encomienda última fue dada por Cristo. Repetimos: Id, pues, enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo cuanto yo os he mandado” Mt 28,16-20. “Enseñad”… Un mandato muy concreto y de vital importancia para construir el hombre nuevo” de que nos habla Jesús. Pidamos luz par que nos llegue la sabiduría de cómo implementar esa enseñanza, que en mi mente es concebida como ‘un nuevo ideal de vida’; no simplemente reconocer valores. Cada época ha tenido los suyos. Ahora se necesita ‘un nuevo ideal’ de vida. Un ideal de Libertad, de Justicia y de Amor. Y libertad no es libertinaje. Libertinaje el que se está viviendo ahora. Y no es oro todo lo que reluce. Hay miles de millones de personas muriendo de hambre y hasta de sed. Este es el pecado del que no nos hablan nuestros dirigentes. Y es el pecado que vino a destruir Jesús orientándonos de cómo dar el primer paso hacia ese “hombre nuevo”. En el mundo la palabra ‘pecado’ ya es un vocablo vacío, tras que a cada segundo se violan las Leyes Divinas. Todo se ha materializado. El que no tiene techo, no quiere que le hablen de pecado, sino de solución de sus problemas. El que no tiene trabajo, igualmente. Y así sigamos la cadena de necesidades de nuestras sociedades actuales. Tal vez el lenguaje del mundo actual nos esté exigiendo que aterricemos, que pongamos pies en tierra, como los puso el mismo Cristo. No acusemos de pecado a nadie y obremos con justicia, que el que obra justicia, por el tan sólo hecho de ser justo, ya Dios le da la gracia que necesita y lo recibe como a hijo predilecto Y también nos dijo Jesús al respecto. Repetimos lo dicho por Pedro: “Ahora reconozco que no hay en Dios acepción de personas, sino que en toda nación el que teme a Dios y practica la justicia le es acepto” Hch. 10,34-35. Y Jesús hablaba de la vida real y no sólo de pecado: “Esta generación es una generación mala; pide una señal, y no le será dada otra señal que la de Jonás. Porque como fue Jonás señal para los ninivitas, así también lo será el Hijo del hombre para esta generación” Lc. 11,29-30. Y a sus Apóstoles les dice:”En verdad os digo que vosotros, los que me habéis seguido en la regeneración, cuando el Hijo del hombre se siente sobre el trono de su gloria, os sentaréis también vosotros sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel” Mt. 19,28. De manera que ‘menos pecado’ y más acción para colaborar con Jesús en la “regeneración” de lo humano. E invítennos a aprender a “adorar al Padre en espíritu y en verdad, pues tales son los adoradores que el Padre busca” Jn. 4,23. Y de nuevo mi pregunta, ¿para qué se declaró Jesús “Camino, Verdad y Vida”, solamente para depositar el pecado en el sepulcro? Con mucho dolor y sacrificio lo hizo. En caso tal borrón al pecado y cuenta nueva. ¿Por qué continuar con la tragedia del pecado? Se hace necesario revisar de nuevo el Mensaje y limpiarlo de tanto esoterismo y prácticas mágicas de sugestión y entretenimiento, y beatería. Las iglesias, todas, deben rectificar y ponerse al alcance de los tiempos y definirnos bien a los feligreses si el alcance de la venida, pasión, muerte, resurrección y ascensión de Cristo fue novela de ficción o realismo mágico o qué. Si novela, sainete o drama de ‘pecado’ nada más, muy mal que estamos haciendo el papel, y los protagonistas, quienes nos dirigen, como que se resbalan en el tablado. Ya estamos cansados de llorar y de rezar con tantas procesiones, no sólo las de Semana Santa, sino las que a diario se inventan. Y como dice la canción: “Llorar y llorar”, pero la casa queda sin barrer. Ya la mente exige otra explicación. Las Escrituras no sólo hablan de ‘pecado’, sino de mundo mejor, de hombre nuevo… ¡Con razón el mundo anda de mal en peor! Todo el peso se le da al ‘pecado’, ¿y los pecadores, los transgresores no sólo de la Ley de Dios y de la armonía universal, y de toda civilización y cultura, no somos los seres humanos, y muchos de nosotros revestidos de religiosidad? La misma túnica de la religiosidad llevó a Cristo a la cruz. En fin… Tal vez haya quienes crean, porque dirigen a nuestras comunidades cristianas, que a Dios y a su Divino Hijo lo tenemos que ver en la estrecha e infantil medida en que ellos nos los presentan. Dios es nuestro Padre. Jesús se hizo nuestro Hermano Mayor. El Espíritu Santo está al alcance de dirigentes y dirigidos por igual. Dios, pues, se ha pronunciado tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamentos más como un Dios de Justicia que como un Dios pendiente del pecado. ¡Cuán lejos del ‘tejemaneje del pecado’ están estas otras palabras Jesús, leyéndolas en el Templo, cuando dijo: “El espíritu del Señor está sobre mí, porque me ungió para evangelizar a los pobres; me envió a predicar a los cautivos la libertad, a los ciegos la recuperación de la vista; para poner en libertad a los oprimidos, para anunciar un año de gracia del Señor’… Hoy se cumple esta escritura que acabáis de oír” Lc. 4,18-21. Yo los ratos libres pongo la mente a parir, escribiendo de estas cosas, pero sin miedo al pecado, pues confío en quien venció al pecado, porque hace falta que salgan al aire vibraciones de otro tono: de Libertad, de Justicia y de Amor, en fe como proyección de nuestro ser al Uno y al Todo en quien se nos ofreció, El Unigénito del Dios vivo, con su amor sacrificando su vida. ‘El pecado’ en EL Antiguo Testamento lo veo también con la mente y con la fe. Con la mente percibo que el autor sagrado estaba inmerso en una cultura, la cultura del pueblo hebreo, y dicho autor trató de dar una explicación racional al origen del mundo y a la presencia del primer hombre en el Planeta /al hombre y a la mujer/. ¿Mito? ¿Revelación? Lo cierto es que cualquiera sea su autor /Moisés o no Moisés/, una de dos, o estaba inspirado por Dios para dar unicidad al llamado “pueblo de Dios” o se dejó llevar de tantos mitos parecidos que existían por aquellas regiones de Mesopotamia, Egipto, riberas del Mediterráneo, etc. Si me dejo conducir por la parte racional, el Génesis se me hace contradicciones. Si por la fe en las enseñanzas desprendidas de las Escrituras: una manera de Dios introducirse en la cultura hebraica para dársenos a conocer como “EL QUE SOY”; el que verdaderamente concibe ahora mi mente y mi fe como ‘EL QUE ES’, que en el Mensaje ‘Clave 9’ es dado como “EL PODER”, y fuera de ‘EL PODER’ ni la nada es concebible, lo que sería igual a lo que dice el Apóstol Pablo:”…porque en Él vivimos y nos movemos y existimos…”Hch. 17,28. Sólo de esta manera puedo abrir con fe las páginas bíblicas. Y sólo así por esa ‘desobediencia a Dios’ que ve el autor sagrado se puede introducir el pecado en el mundo, religiosamente hablando. Sea como fuera, aunque yo sí hallo justificación en la revelación de Dios, bien sea dada a toda una cultura o bien a una persona. ¿Cómo lo interpretó el autor sagrado? Las Escrituras lo narran a su modo. Pero el hombre desde muy antiguo, desde sus propios albores, ha sido un tirapiedras, un hachudo, un tira flechas, un pistolero y un criminal que se ha hecho inferior a la nobleza de los animales. Un hombre que ha practicado las formas más perversas del ‘canibalismo’ hasta nuestros días. Un hombre perdido en el Planeta azul que necesitaba un guía que lo orientara y el mismo Dios le salió al encuentro enviándole “EL CAMINO, VERDAD Y VIDA” /Cristo/ para que se orientara y se redimiera de esa distorsión que había hecho de su libre albedrío. Así y no de otra manera es que me acojo a las Escrituras y no a teorías filosóficas y teológicas que lo que hacen es dejar sin explicación la realidad histórica del hombre. Y en esta mi posición es que resalta a mi vista la misericordia y justicia del Dios Creador. Que otras personas se acojan a cánones rehechos, las respeto. Pero que me respeten a mí. Pues en ese mismo Dios reflejado en cánones es el mismo mío. Lo que nos separa a unos y a otros es el tipo de vidrio que usamos para ver la Magnificencia de nuestro Hacedor y Padre Dios. Mi lupa es cósmica y trascendental, sin fronteras, sin imposiciones. Lupa en la que no se concibe sino la hermandad en un solo Padre. Y que este Padre se nos ha dado en paternidad por la Presencia de su Divino Hijo, Mi señor Jesucristo. Que después de esto me censuren… En mí no hay sino: ¡Dios y hombre; hombre y Dios! Y en esta mi concepción, acepto como a mis verdaderos hermanos a todos los humanos, sin distingo de raza, credo, religión, política, etc. Tal vez el paraíso del autor sagrado no haya existido sino en su mente. Pero él, en el llamado de Dios, e iluminado por luz divina, supo escenificar la tragedia humana de manera que el Mensaje de Dios lo pudiéramos interpretar al menos religiosamente. Pero, ¡basta ya de pecado!, y vamos a la redención del Cristo. Y sobre todo a su último a Dios en su gloriosa ascensión a los cielos. Ahora debemos mirar al Cristo triunfante, y no al Cristo caído. La cantaleta de lo viejo ya no entra en el musical crístico del hombre nuevo que Él ha forjado en el espíritu de quienes creemos y esperamos en Él. Recuerdo que en unos de mis escritos dije que en la muerte de Cristo no hubo corrupción, sino metamorfosis cósmica: tránsito de un estado de vida terrenal a vida gloriosa. Ahora apoyo lo dicho en estas palabras de la Escritura:” ”Hch. 13,37”. Y nuestro cuerpo, que sí está propenso a la corrupción, de igual modo que Cristo pasó de un estado a otro, pasará a ser más glorioso o menos glorioso el día de la ‘resurrección de los muertos’, juntándose con su espíritu en las mismas condiciones /de más glorioso o menos glorioso según el grado de gloria alcanzado en vida terrenal/. La diferencia del espíritu con el cuerpo es que el espíritu migra, al momento de la muerte, a su estadio correspondiente del más allá en espera de su cuerpo el día de la ‘resurrección’, y el cuerpo baja al sepulcro en donde existe la corrupción. ¡Y qué esperanzador para nosotros los cristianos!: Nadie me la quita /mi vida/, soy yo quien la doy de mí mismo. Tengo poder para darla y poder para volver a tomarla" Jn. 10,18. Aquí sí está la teología que muchos no han descifrado todavía. Aquí se resume la venida, la pasión, muerte y resurrección, y la ida del Enviado del Padre, El Cristo. Lo cual no es un teatro, sino una manifestación de poder del mismo Dios hecho carne. Poder en quien podemos confiar, que sus promesas son de vida eterna. Poder que invade la vida toda de quien le invoca con el alma. ¿Quién, que en Él ponga su mente, su corazón, su alma, su vida toda, va a estar pensando en algo que ya murió, que quedó sepultado, ‘el pecado’? ¿Para qué nuestro bautismo y la confirmación que hemos hecho en la aceptación de las palabras del Cristo? ¿Acaso nuestro bautismo no implica arrepentirse y convertirnos al Señor, a su santo servicio? ¿Acaso este bautismo y esta confirmación no están santificados por la gracia de Arriba? ¿Para qué estar evocando ese cadáver de ‘antihistoria’, ‘el pecado’? Cuanto más lo evoquemos más chance le damos a que reviva en nuestra mente y en nuestro corazón por ‘Ley de lo Semejante atrae lo Semejante’, pues ello nos lleva a pensar en lo negativo más que en lo positivo. Es como alguien que queriendo tener las manos limpias, se las ensucia intencionalmente a cada instante, porque tiene agua y jabón a su alcance. Puede llegar el momento de que se quede con las manos sucias, porque se agote el agua y no haya jabón. O sea, que tanto pensemos en lo que no debe ser, que nos olvidemos de lo que es y caigamos en tentación. Con las cosas de Dios no se juega. ¿Creemos o no creemos? Y El si requerimos gracia, Cristo no se la niega a quien se la pide ni a quien la merece, “Pues de su plenitud recibimos todos gracia sobre gracia. Porque la Ley fue dada por Moisés, la gracia y la verdad vinieron por Jesucristo” Jn. 1-16-17. 

 PARTE VII: Si algo no quisiera dejar atrás como cristiano es el nombre de María, Madre de Jesús, aunque ya la he nombrado anteriormente, y de cómo muchos que se dicen cristianos la expolian. Yo acostumbro a decir a ciertos hermanitos en la fe que atacan impíamente a María Virgen que si no tienen madre, porque a ellos no les gustaría que la despreciaran. ¿Acaso a Jesús Le va a agradar tal desaire? Ellos escogen determinados versículos del Nuevo Testamento y hasta del Antiguo para justificar su repulsa. Hablan de las “bodas de Caná”, cuando Jesús dijo al que le anunciaba que allí estaban su Madre y sus hermanos. Y Jesús: “…extendiendo su mano sobre sus discípulos… He aquí a mi madre y mis hermanos. Porque quienquiera que hiciere la voluntad de mi Padre, que está en los cielos, ése es mi hermano, y mi hermana, y mi madre” Mt. 12, 49-50. No es un desprecio a su Madre. Es como decir: ¡Imagínense lo que significa una madre y unos hermanos! Diría Jesús: ¿Qué no será mi Madre para mí? Sin ella, escogida por el Padre para que por su través yo viniera a ‘salvar el mundo’, yo no estaría aquí; desde la eternidad, y antes de que fuera el mundo, ya mi Padre la tenía en sus inescrutables designios como corredentora. Pues bien, repito, con tan alta significación /como Jesús tenía a su Madre/ estarán delante del Padre quienes hagan su voluntad. Y este es el significado que mi mente le da a las palabras de Jesús /Mt. 12,49-50/. Y nosotros los cristianos de corazón, nos unimos al sentir de Jesús, y amamos a su Madre en la advocación de ‘Virgen María’. ¡Con qué desfachatez algunos, que se dicen cristianos, tocan a las puertas de las casas e invitan a que saquemos a la “Virgen María” de nuestro hogar, e incluso que quememos o destruyamos sus imágenes! Y esto de las imágenes es otra afrenta a la fe de muchos cristianos que tenemos a bien representar a Cristo, a la Virgen, a Santos o a Ángeles… Y eso de “y tus hermanos”, la palabra hermanos en hebreo es traducida como ‘parientes’. No hay más razón, sino empecinamiento o segundas intenciones, para atribuir a María Virgen más hijos. Y si los hubiera tenido, cumplió su misión de Madre de ‘El salvador’, y cumplió también con su misión de mujer. Doble orgullo para una mujer. Pero esto último es conjetura y nada más. Nadie lo ha podido comprobar. Primero, lo de la Virgen María… ¿Qué mujer ha tenido la dicha de que se le presente el Ángel Gabriel y le anuncie en nombre del Altísimo:”…has hallado gracia delante de Dios, y concebirás en tu seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús… Hijo del Altísimo… y su reino no tendrá fin… El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y la virtud del Altísimo te cubrirá con su sombra, y por esto el hijo engendrado será santo, será llamado Hijo de Dios”? Lc. 1,30-35. Si esto que está explícito en El Evangelio no lo aceptamos, ¿qué clase de cristianos somos? ¿Qué doctrina de atrapar borregos seguimos? Y algo más dice el Evangelio:”… todas las generaciones me llamarán bienaventurada…” /Idem. 1,48. Si a interpretación vamos, mi interpretación también vale: Yo me pertenezco a una de esas generaciones, y para mí la Virgen María tiene una categoría delante del Altísimo, que exceptuando a su Divino Hijo, nadie más la tiene. Además, a la Virgen María, como Madre de Jesús y como la predilecta del Altísimo y la llena del Espíritu Santo, la tengo en un estrado muy alto de mi fe y de mi espíritu, y de mi vida. La Virgen es para mí, aunque alguien burle mis palabras: ’El Plugo de la Divinidad que se hizo vientre materno en la Virgen María para darse paso a sí mismo /Dios/ en la Persona de Jesús’. En el vientre de una mujer: no cabe la Divinidad. El mar /Dios/ no cabe en el vaso /mujer/. Es así que la Virgen María es la ‘llena del Espíritu Santo’, le pese a quien le pese. Que no dejaría de ser una pesadumbre gratuita y libremente aceptada. Segundo, en relación a las imágenes. Otro ataque virulento contra los cristianos que usamos imágenes representativas de Cristo, de la Virgen, de los Santos, de los Ángeles, etc. Sobre lo cual hay una página de internet, ‘Páginas Teológicas’, en las que se lee: “Los católicos no adoramos imágenes. Las tenemos en nuestros templos, capillas y en nuestros hogares, con respeto y veneración, de la misma manera que en las casas también se conservan y se exponen retratos de personas queridas. No honramos los materiales de que están hechas las imágenes y estatuas, sino que honramos al santo representado”. Y yo añado más. No vamos a negar que hay cristianos que tienen más fe a una imagen representativa que a otra. E incluso conciben que una es más milagrosa que la otra, aunque ambas sean de un mismo Santo. Así y todo, siendo las imágenes objeto de fe, y se arrodillen los devotos delante de ellas, una cosa es cierta: Los cristianos católicos que reconocemos la autoridad de la Iglesia Romana sabemos muy bien que ‘tales imágenes’ no es un ídolo que substituye al Dios verdadero. Es una representación y nada más de uno de los seres pertenecientes a la estirpe, valga la expresión, del Dios vivo y único /imágenes de la Santísima Trinidad, de Jesucristo, de la Virgen en diferentes advocaciones, de los Santos, de los Ángeles, etc./. Lo que nos prohíbe Yavé Dios en Éxodo 20 en toda la intencionalidad y espíritu del contexto bíblico es que adoremos ‘dioses’, que desde todo punto de vista son una falsedad y creación de la mente de los hombres. ‘Dioses’ sin poder ninguno, aunque estén hechos de oro. Dios nos previene hasta con prohibición para que no tomemos mal camino y no nos apartemos de Él. Dios Padre amoroso nos ha creado y cuida de nosotros hasta en esto, pues ¿qué sentido tendría adorar, entregarse en ofrendas y estúpidos sacrificios a estatuillas hechas por la mano del hombre y sin ningún poder, o a imágenes de los cielos o animales de la tierra o de los mares? Dios nos dice: “No tendrás otros ‘dioses’ aparte de mí . /Y en consecuencia:/ No te harás escultura alguna… No te postrarás ante ellas, ni les rendirás culto…” Ex. 20, 2-4. Esos tales hermanitos, cristianos unos, no cristianos otros, lo que tratan es de confundirnos a los católicos, que en mayoría entre nosotros, suele haber ignorantes en las palabras bíblicas, o si se conocen éstas no se las trasciende con propios juicios… Y es así cómo, cuales lobos entre ovejas, llegan en plan de sembrar la duda, y, entonces, ya están seguros que hay un borrego más para su rebaño. Pues dice el adagio: “Siembra la duda y échate a dormir que ya has logrado el objetivo”. Y es así cómo hermanos católicos de la noche a la mañana se cambian de religión y se vuelven fanáticos e iconoclastas rompiendo cuanta imagen piadosa hay en su hogar. Quienes hayan leído El Antiguo Testamento se habrán dado cuenta de que sus páginas están llenas de ‘dioses’. Y esos ‘dioses’ ni venían del cielo ni del mar. Eran creaciones del hombre y nada más. ‘Dioses’ que eran centro de religiones y hasta de política. Y todo esto alejaba a los hombres de su verdadero Dios. Es más, hasta eran usados por los hombres como banderas de lucha contra aquellos que adoraban al único Dios. Por eso el autor sagrado nos deja asentada en sus páginas la inspiración que recibía de Dios /como el caso de Éxodo 20, y otros pasajes del mismo contenido/, para que no caigamos en la ‘idolatría’ /adoración de dioses falsos/. No olvidemos que la Biblia es desde que comienza hasta que termina y hay que leerla y examinarla con el debido respeto, y pidiendo luz, para así no perder el horizonte de lo Divino. Yo, por ejemplo, la he leído y releído, y siempre pido luz, y en mis incursiones he tropezado con temas que vistos religiosamente no se aprecian, vistos con ojos de trascendencia cósmica, libremente, sin quitar la fe, sí se dejan ver en la realidad descrita por el autor sagrado. Es el caso de cómo en la ‘nube de Yavé Dios’ aparecen naves igualmente pormenorizadas como lo pueda hacer hoy la NASA. Examínese Job 41. A mi entender esto nos invita a profundizar aún más en el análisis de las Escrituras, que se han dado para todos y cada uno de los humanos, y todos tenemos capacidad de interpretación. Y si esas cosas están escritas, lo están en las Sagradas Escrituras, y no son una creación perniciosa de mi mente. Lo que no debemos es confundir la parte con el todo. O sea, hermanos que se valen de “capítulo tal… versículo cual….”, al tiempo que excluyen otros capítulos y otros versículos que pueden aclararnos un poco más, y eso porque anteponen sus intereses y sus fines religiosos. Yo al detenerme en ciertos capítulos no excluyo los otros, sino que digo que quien quiera que lea y relea con seriedad del caso ‘Job 41’ y otros capítulos alusivos a estas idas y venidas de personajes procedentes de las alturas, verán hasta las piezas de las naves. Así desde el Génesis hasta el Apocalipsis. “Miré y vi venir del septentrión un nublado impetuoso, una nube densa, en torno de la cual resplandecía un remolino de fuego, que en medio brillaba como bronce en ignición /compárese con las naves de la NASA/. En el centro de ella había semejanza de cuatro seres vivientes, cuyo aspecto era éste: tenían semblante de hombre, pero cada uno tenía cuatro aspectos y cada uno cuatro alas” / y siga leyendo el lector, muy interesante/ Ez. 1, 4-6. Por otra parte, religión no es igual que mensaje. Estudiando bien el Nuevo Testamento, Cristo nos presenta un Mensaje de salvación, y no nos ata a una religión. Su iglesia, su comunidad, son todos aquellos, se encuentren donde se encuentren, que dan cumplimiento a sus palabras, que hacen la voluntad del Padre; y no dice que ello hay que hacerlo entre cuatro paredes, antes bien nos invita a entrar en nuestra “cámara secreta”. Lo demás ha sido invención de quienes se atribuyen poder de pensar y decidir por los demás. Cada cual es dueño de su conciencia, a la vez que del respeto a sus hermanos como discípulos del Señor. La fe sostiene a quienes la llevan en sus mentes como una lámpara encendida en medio de las tinieblas del mundo. Y la palabra fe involucra muchos aspectos del pensamiento y deseos, e incluso necesidades, en el ser humano. Y ahora estamos adentrándonos en una nueva ventana de la fe no religiosa, de iglesias, etc. Una ventana de la fe que ha sustentado a muchas culturas del Planeta, y no necesariamente a la nuestra: la fe depositada en la Biblia. Y como este tema es demasiado extenso, sería bueno que el lector abra las páginas de internet y vea la cantidad de creencias en el mundo /religiones, filosofías, mitos, etc./. La gran diferencia es que a nosotros nos ha llegado la ‘fe’ en un solo Dios. Y este Dios es lo que ilumina nuestra vida: nuestra fe, nuestros actos, nuestras esperanzas, nuestras concepciones, etc. Pero a los otros hermanos nacidos en otras culturas los asiste otra fe: en dioses, en líderes intelectuales, en mitos, etc. Pero, cuando Cristo entra en el escenario histórico, siendo Él uno para todos por igual, el mapa de la fe de las demás regiones del Planeta, empieza a marcarse con una línea horizontal que penetra a las demás culturas. Y hoy en día será muy difícil encontrar un país donde el cristianismo no esté presente. Las palabras del Maestro están en ejecución: “Id por el mundo entero…”. Más adelante veremos cuál es la concepción de la Iglesia Católica Romana respecto a las diferentes clases de fe. Yo sé que la Biblia es amplia y profunda. Pero en mi mente y en mi buena fe la escudriño para vivir conforme a la voluntad del Padre. Y serían muchas las cosas que tendría que decir y que pasan por mi mente. Lo simplemente es justificar mi fe y manifestarme como soy y como pienso. Y pienso libre, justa y amorosamente. Y si me equivoco o cometo errores que lleguen a mi conciencia, estoy seguro que Dios Padre es misericordioso y que lo que quiere es que nos arrepintamos, borrón y cuenta nueva, y vivamos como sus verdaderos hijos. Y “por los frutos los conoceréis”. Y vivir como verdaderos hijos de Dios nos lo revalidó Jesús con estas otras palabras:”Hacer la voluntad del Padre”. ¿Y qué es hacer la voluntad del Padre? ¿Acaso el miedo que muchos humanos tienen a este ‘hacer la voluntad del Padre’, porque no han asimilado el significado de bondad que ello encierra? Ya hemos dicho cómo Pablo nos presentaba la voluntad del Padre como “buena, grata y perfecta”. ¡Ojalá y nosotros pudiéramos imitar en algo a Jesús!: “Yo no puedo hacer por mí mismo nada: según le oigo, juzgo, y mi juicio es justo, porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió /El Padre/ Jn. 5,30. ¡Cómo no estaría Jesús compenetrado con la voluntad del Padre que, siendo uno con el Padre, seguía solamente los dictámenes del Padre y ya no le preocupaba nada más! Jesús era con el Padre como un niño que se entrega a los brazos de la madre. Mas sigamos sondeando sobre someterse a la voluntad del Padre. Lo acabamos de decir: es como un niño que se entrega a los brazos de la madre. Es como identificarse con el Padre. Y como en el Padre está toda sabiduría, toda justicia, toda bondad y misericordia, ¿para qué preocuparnos de oír a nuestra mente, a nuestra propia voluntad…? Dicho está: “Llámame y yo te responderé, y te comunicaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces…” Jr. 33,3. Y no es que este poner nuestra mente y nuestro corazón en Dios sea enajenación. Al contrario es un llenarse más y más de la sabiduría divina, y sólo esperar con fe que nos irá mejor siguiendo la voz del Padre que la nuestra. Y así también caminaremos sin miedo hacia la meta prometida: la gloria del Padre. Recordemos también a la Virgen María en las Bodas de Caná, cómo estaba ella de segura en lo que hiciera su Hijo, que todo lo hacía bien, cuando faltando vino dijo a la servidumbre:”Haced lo que Él os diga” Jn.2, 5. Y lo que Él ordenó era que las seis tinajas de agua que había allí se convirtieran en seis tinajas de vino del mejor. Y otra enseñanza que se nos desprende de este pasaje, en contraposición a quienes hablan mal de la Madre de Jesús, es que podemos confiar en la Virgen María. 

PARTE VIII: La Biblia, haciendo hincapié, no es una frase aislada. La Biblia se obedece a un contexto histórico muy complejo en el que se da la revelación de Dios para que en el tiempo Lo podamos comprender y asimilar como Lo que es, “espíritu”, y como tal “A Dios nadie le vio jamás” Jn. 1,18. MI pregunta siempre ha sido: ¿Entonces qué es lo que vieron los hombres bíblicos y con quién hablaron? Cierto es que las maneras de comunicarse Dios con el hombre, aunque sea espíritu y nosotros estemos atados a la materia, son inescrutables. Nosotros no podemos medir a Dios por nuestras limitaciones. “Él hace que salga el sol sobre buenos y malos, y que llueva sobre justos e injustos” Mt. 5,45. Y en ese ‘complejo histórico’ la imagen de Dios ha ido evolucionando también en la mente de los hombres. Ya no se puede concebir a un ‘Dios vengador’, a un ‘Dios que favorece a unos y destruye a otros’, a un ‘Dios encerrado en un solo pueblo’, ni mucho menos a un ‘Dios pendiente de quien peca o no peca’… Repetimos: “Él hace que salga el sol sobre buenos y malos, y que llueva sobre justos e injustos”. Es decir un Dios Padre de todos, como nos lo enseña nuestro Señor. Un Dios universal con unas mismas leyes para todos por igual. Y no debemos confundir a Dios con sus leyes. Sus leyes son como los semáforos de una ciudad de full tránsito, quien infringe la norma de la racionalidad, es captado por cámaras y queda impreso en su infracción. Y nadie que haya cometido infracción podrá burlar la aduana hacia el más allá. Jesús nos dice que la puerta de esa aduana es “estrecha”; no hay coladeras. Y algo muy específico de esas cámaras y de esa puerta es que todos llevamos un ‘chip’ que se corresponde con ‘El Gran Todo’ y que nos acusa de la misma infracción: nuestra conciencia /ella irá limpia o manchada/. Leyendo, pues la Biblia, también estas expresiones mías hallarán sentido. ¿Qué hacemos al decir esto? Ratificarnos en el concepto de nuestro momento actual sobre la manera de enfocar las Escrituras. Antes, y en las mismas Escrituras, se concebía un mundo estático. Ahora la ciencia nos dice que no es así, que nada está quieto, que todo vibra, y si vibra se mueve. Mirando al cielo nada más se creía que las estrellas están en un solo puesto, y poco a poco se les halló movimiento. Hoy se sabe que las galaxias, en la expansión del universo, se mueven a velocidades vertiginosas, que todavía nuestros cohetes del espacio no han logrado superar. Asimismo se nos muestra Dios en su infinita magnificencia. Dios creador de la velocidad de la luz /3oo mil kilómetros por segundo/ y de la velocidad de las galaxias que puede superar el millón de kilómetros por hora. ¡Como para cerrar los ojos y echarnos a dormir! Jesús nos dice que “Dios es espíritu, y los que le adoran han de adorarle en espíritu y en verdad” Jn. 4,24. Y no más en el monte ni en Jerusalén con sacrificios. Así con Jesús hay una gran evolución en el pensamiento bíblico y se deja atrás el sacrificio de sangre, y el Dios guerrero y querellante con los hombres y que todo lo prohíbe porque es “celoso” y receloso hasta castigar a quien se inclina por otros dioses, pasa a ser Padre de todos. Y no olvidemos que el contexto de los dioses es una de tantas cosas que se perfeccionan con Jesús: un Dios Padre de todos. ¡Se acabaron los dioses! Ahora el Dios es solamente “espíritu” y como tal nos lo da a conocer Jesús, su Hijo. Y también pasa a ser un Dios Trino /Padre, Hijo y Espíritu Santo/. Ya los dioses no tienen sentido entre nosotros. “Intellige ut credas; crede ut intelligas”. Y digámosle ¡fuera! a los tocadores de puerta que nos quieren hacer regresar al pasado /Ex. 20/ de una circunstancia histórica inicial en la Biblia. Al menos yo entiendo y creo, y creo y entiendo que es así. A nadie se lo impongo ni a nadie amenazo con eso de ‘idolatría’. Y soy yo quien he de dar cuenta de mí ante Dios. Así lo concibo, así lo acepto. Así es mi fe. Y la Biblia en vez de ser un estorbo para mí, es el camino para poder entender al mismo Dios y proyectarme a Él con verdadera fe. Todo lo creado por Él son creaturas de Él, igual que yo, y no ‘dioses de adoración’. Y adoro al que yo concibo como el único Dios verdadero. Los conceptos religiosos, como parcelas de borregos, no entran en mí. El problema de las concepciones religiosas es que dividen en muchos aspectos sociales al hombre. Y por regla general las políticas han tratado de incorporar a las religiones para sus beneficios. Se exceptúa el marxismo leninismo que dice que la “religión es el opio de los pueblos” (los adormece y los utiliza). No así sería si de verdad practicáramos el cristianismo como nos lo propuso El Cristo /”Dar a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”/. O sea, nos enseña a poner cada cosa en su sitio, al tiempo que nos conjuga en una sociedad de hermanos, de iguales, de justicia y de amor. ¡Éste es el cristianismo que en ‘Clave 9’ por la ‘Conciencia Cósmica’ se logra, haciéndonos hijos de la verdad y por ende como decía Jesús “la verdad os hará libres”. Por lo demás vayamos a nuestros orígenes religiosos: Primero todo era mitos, que corrían de boca en boca, tradición oral, hasta que aparecieron las Tablas de la Ley escritas por Moisés y el Génesis como 15 siglos antes de Cristo. Pensando que ¡cuántas cosas no se deformarían de labios en labios! Creyendo al mismo tiempo que el espíritu de Dios, así como “se cernía sobre la superficies de las aguas” Gén. 1,2, de igual modo lo hacía sobre la mente de aquella cultura privilegiada del pueblo de Abraham para incubar su palabra y engendrar la creencia en un solo Dios, en la esperanza del Redentor y el nacimiento de nosotros como herederos de todo ese proceso de cuido divino. Con la tendencia ‘henoteísta’ / un Dios principal y otros dioses/, se cree que se entroniza en el Medio Oriente nuestro Dios bíblico, que entra en escena con Abraham y sus seguidores, que luchan por implantar entre los diversos dioses de la época y de aquellas regiones del Éufrates y del Tigris, y del Jordán y del Nilo, sólo a un Dios, ‘Yavé’, con sus diversos nombres: El Sadai, Yo soy el que soy, y Yavé. Un Dios que tenía que ser el eje central de una cultura plagada de ‘dioses’, y por ende el Capítulo 20 del Éxodo prohibiendo la adoración a otros dioses, que los diferentes pueblos adoraban. Recordemos cómo los hebreos en su paso por el desierto, a espaldas de Moisés, construyeron el “becerro de oro” como un dios que desafiaba a Yavé Dios. El Génesis nos muestra a un Yavé Creador de cielos y tierra, al tiempo que un Dios que impone un mandato al hombre: que no podía comer del “árbol de la ciencia del bien y del mal”. El hombre desobedeció, comió, y Yavé lo arrojó del ‘paraíso’. Simplemente, comenzó la tragedia en el mundo, según nuestra visión bíblica. Para otras culturas, como los vedas, el pecado deviene por el abuso de un príncipe y los dioses castigaron al hombre. Un caso de observación en la Biblia: Yavé Dios se muestra receloso: “He ahí al hombre hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; que no vaya ahora a tender su mano al árbol de la vida, y comiendo de él, viva para siempre” Gén.3,22. Yo considero que si comparamos aquellos momentos del Génesis con la cultura sumeria, bastante avanzada en relación al pueblo de Abraham, allí pudo haber sucedido algo más que un mito; el hombre primitivo metió las narices en el laboratorio del ADN, el “ árbol de la vida”. Allí los dioses tenían su laboratorio de “la ciencia del bien y del mal” y el hombre no debería tocarlo. Y por eso “le arrojó Yavé Dios del jardín de Edén, a labrar la tierra de que había sido tomado. “Expulsó al hombre y puso delante del jardín de Edén un querubín, que blandía flameante espada, para guardar el camino del árbol de la vida” Ídem, 3,24. Allí no se debía entrar. ¿Por qué no pudo haber una civilización muy superior a la que nos imaginamos hoy en día de las culturas pasadas? ¿Y en todo esto no pudo haber surgido el relato bíblico? ¿Y en qué quita a Dios que Él viendo a su criatura, el hombre, en un peligro inminente para la especie, lo “arrojara” de aquel paraíso y le hiciera asentar la cabeza comenzando una nueva vida? ¿Y por qué Dios, que había hecho a su hijo el hombre, “a su imagen y semejanza”, no le iba a crujir el látigo como lo hizo Jesús? ¿Para eso dio Dios al hombre el libre albedrío, para que se mofara de Dios incurriendo en un delito que deformaría a la especie? Sea como haya sucedido, Dios intervino y nos prometió no dejarnos solos y abrirnos un nuevo camino /”Camino, Verdad y Vida”/ y es así la venida del Hijo de Dios que nos demostró hasta lo último de su sacrifico el amor del Padre por nosotros. Pero una cosa es no menos cierta: Cuando el hombre rebasa la copa, cuando se extralimita, la respuesta por Ley de Resonancia Cósmica y Trascendental no se tarda /un ejemplo bíblico: Sodoma y Gomorra/. Reincidió el hombre en sobreponerse a la Ley de armonía y sucumbió en su intento. ¡Ven Ángel de mi Señor y libra a nuestra Humanidad de otra hecatombe! Casi que rebasamos la copa… Ahora sí. Pasemos a mi Religión Católica, Apostólica, Romana, en la cual he nacido, y no hallo razón para separarme de ella. Que sus enemigos tengan razón o no de atacarla, allá ellos. Pero yo defiendo lo mío. Y lo mío se me acrecienta en más que fe, en convicción, con mi ‘Arrebato Cósmico’. Yo lo vivo y doy cuenta de mí mismo, reiterando mi respeto a los demás, sin que por ello me cargue, como se suele decir: “muertos ajenos”. Dentro y fuera mi comunidad cristiana cada cual es responsable de sus actos, y yo de los míos. Y no sigo a ninguna “bestia” ni a ninguna “ramera”, sino que respeto a las autoridades de mi Iglesia. Y allá cada cual con su vocabulario difamador: ”Y yo os digo que de toda palabra ociosa que hablaren los hombres habrán de dar cuenta el día del juicio. Pues por tus palabras serás declarado justo o por tus palabras serás condenado” Mt. 12, 36-37. Con todos los defectos que se le puedan imputar a mi Iglesia, ella tiene algo que es ejemplo para las demás: “…exhorta a sus hijos /católicos/ a que, con prudencia y caridad, mediante el diálogo y colaboración con los adeptos de otras religiones, dando testimonio de fe y vida cristiana, reconozcan, guarden y promuevan aquellos bienes espirituales y morales, así como los valores socio-culturales que en ellos existen”. Y ¿Por qué dice esto? Porque acepta que “no pocas veces reflejan un destello de aquella Verdad que ilumina a todos los hombres…” Concilio Vaticano II. Mérida, Venezuela, 09-08-2012 Manuel, Profeta de ‘Clave 9’.

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